Le quitaría media hora

Le quitaría media hora
Le quitaría media hora

“La peli está bien, pero yo le quitaría media hora”. Qué ganas de dar una bofetada calibre Bud Spencer cuando escucho esta frase. ¿Ah, sí? ¿Le quitarías media hora? ¿Tú sabes el curro que hay detrás de esa película? ¿De cualquier película? ¿Las horas que se han dejado en ella el director, el montador, el guionista, el equipo de producción? Todos ellos intentando llegar al equilibrio entre lo que quieren contar y el tiempo necesario para hacerlo. ¿Y tú le quitarías media hora, verdad? Ajá… ¿Y qué media hora exactamente? ¿Más o menos la que te has perdido porque estabas leyendo Twitter? No disimules, que te hemos visto todos… ¡Que en la oscuridad del cine se te ilumina la cabeza como un Gusiluz cuando enciendes el teléfono! Muy bien. Toma unas tijeras y las latas de la película. Ya me la traerás cuando la tengas. ¡Sí! ¡Has escuchado bien! ¡Latas! Ya sabemos que ahora se edita en digital, pero a ti te hemos traído latas de celuloide y tijeras, para que te cueste más trabajo hacerlo, listo.

Hala. Ya me he desahogado. Y cierto es que me hostiaría a mí mismo. Porque ésa es una frase que yo digo a menudo. Y no porque crea que lo haría mejor que el director. Para nada. Por supuesto que hay casos evidentes en los que se podría sacrificar media hora y la película no se resentiría en nada, como por ejemplo eliminando a Jar Jar Binks de La amenaza fantasma o a Cameron Diaz de Gangs of New York. Pero en general yo no cortaría por querer eliminar un pasaje u otro.

Metería tijera porque las películas son demasiado largas. Más de 90 minutos es demasiado tiempo. Ojo que tampoco hay que llegar al extremo del Frankenstein de James Whale, que dura una hora y diez minutos, que es una pena con lo guapo que les quedó el monstruo y casi no lo sacan. Eso es ir demasiado a saco. Que parece que les quema todo (y viendo el final de la cinta se confirma, claro). Pero de eso a normalizar que una película dure dos horas, dos horas y media, hay un trecho.

Al final, se trata de un problema de expectativas. ¿Y sabéis dónde está el núcleo de la cuestión? En el tráiler. Ahí está todo. Escena que no salga en el tráiler, no hay que desarrollarla. Si fuera tan buena, saldría en el tráiler, ¿no? Los tráilers explican toda la película. Hoy por hoy son mejores que muchas películas. Tienen más ritmo, y les ponen esos sonidos tan molones como de frenazo metálico, “ñoooongg”. Son tan guapos que por su culpa la película siempre sabe a mucho. Continuamente tienes esa sensación de estar viendo una versión extendidísima de una historia que ya disfrutaste en su forma sintética.

¡Alto! Ya está. Tengo la solución. Hay que hacer los tráilers mucho más largos, para que luego no se nos haga pesada la película. Tráilers de media hora para una película de noventa minutos. Y de una hora, u hora y cuarto para una película de dos horas y media.

Ya sé lo que estás pensando. Que cuando vayamos al cine y nos pasen tres de estos “tráilers extendidos” antes de la película nos pondremos en tres horas de proyección fácil. Y estaremos en las mismas. ¿Sabes qué? Tienes razón. Éste es un nuevo escollo que habrá que sortear, pero no puedo solucionar todos los problemas del cine de una sola sentada. Poco a poco. Sigo dándole vueltas al tema.

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