Gareth Bale y el abucheo a Robin Wright en 'La princesa prometida' (La leyenda del primer pipero)

Carlos Marañón Director de CinemaníaOPINIÓN
Gareth Bale y el abucheo a Robin Wright en 'La princesa prometida' (La leyenda del primer pipero)
Gareth Bale y el abucheo a Robin Wright en 'La princesa prometida' (La leyenda del primer pipero)

El primer pipero no salió de un cabreo en el Bernabéu del Madrid de Mourinho. Al pipero original lo descubrió, casi por casualidad, un entrenador del Barça en el viejo campo de Les Corts. El 23 de junio de 1929, el bueno de James Francis Bellamy, un gentleman que había llegado a media temporada para resucitar al equipo y auparlo al liderato, flipó con la afición blaugrana. Aquel inglés hablaba mal castellano, pero sabía latín: “No haber jugado bien, pero tener culpa público. Si no silba, jugadores hacerlo bien. Arocha, Guzmán y García hacerlo mal cuando oír al público silbar”. Una semana después de aquellas declaraciones chapurreadas a Mundo Deportivo, el Barcelona ganó la primera Liga española de la historia. Fuera de casa, donde los piperos no pudieron estropear la victoria de su equipo.

Como las familias felices de Ana Karenina, los hinchas naïf son idénticos en todos los campos. Y se gustan, proliferan. Su mayor obra, el silbido pipero, acaba de morir de éxito. Para reprimenda pública, la de aquella anciana que abuchea a Robin Wright en La princesa prometida. Aquello sí que fue una bronca, pero hay que reconocer el apabullante protagonismo decibélico y mediático de los silbidos a Gareth Bale tras el affaire de la banderita.

Tan buen futbolista como torpe al descuidar su implicación y sus relaciones públicas con el madridismo, Bale es también un inconsciente al que parece no afectarle el entorno (apuntémosle un pequeño tanto por su ausencia de tribunerismo). La pitada fue abrumadora, pero su efecto fue inocuo. Como el infierno turco, las santiaguinas, los botellazos en el Pequeño Maracaná, el barro de Balaídos, las patadas de los centrales del Granada, el hombre del paraguas que hostigaba al linier en Atocha y el oxígeno del Espanyol de Scopelli, el poder de las broncas del Bernabéu se extingue. Con cuatro jugadas en 20 minutos, Bale ha silenciado el eco pipero. Queda el miedo escénico, aguanta como puede tras el paseo del último Ajax. Lo divertido es que pueda depender de Bale que su leyenda continúe.

Artículo publicado el 26 de noviembre en AS.

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