OPINIÓN

Temperatura ambiente

Fotograma de 'Lightyear'
Fotograma de 'Lightyear'
Disney

Ocurren de vez en cuando pequeñas casualidades que nos llenan de una plenitud extraña que no se corresponde con tan minúsculos logros: encestar en una papelera, aparcar a la primera, encontrarte el ascensor en tu rellano o ver una película en un cine vacío. Pocas sensaciones tan exultantes como ser el único espectador de una sala y sentirte dueño del local, un William Randolph Hearst de andar por casa.

Este verano experimenté una de esas providencias en la primera sesión de una tarde laboral. La promesa de aire acondicionado hizo el resto y entré en Lightyear, elección que, aquel día y a esa hora, nadie más hizo. El ambiente, en efecto, era fresquito. Me pasé los anuncios con la vista fija en la puerta deseando que nadie cruzara aquel umbral. Cuando me cercioré de que estaría solo desarrollé mi ritual de chorradas: levantarme de repente y colocar los brazos en jarras, chillar vocablos como “chubasquero” o “calabacín” (son palabras muy graciosas) o esperar justo al inicio para gritarle a mi proyeccionista imaginario: “¡Adelante con la película!”.

Comenzaron las ruidosas y anodinas aventuras de mi querido Buzz, pero enseguida reparé en la persistencia del frío en la sala. Como no portaba rebequita, metí los brazos dentro del polo (parecía un homenaje al Rex de Toy Story), pero el hielo vaporoso me convertía en el meme de Jack en El Resplandor. Salí de mi solitario recinto sagrado como un Amundsen desorientado y me dirigí a la empleada: “Ya bajo el aire”, respondió con lacónica amabilidad. Durante el resto del largometraje noté entumecimiento y frialdad, tanto en mis extremidades como en la historia narrada.

Al salir agradecí la viscosa calidez del aplastante exterior, pero a los dos días una tosca faringitis se instaló en mi garganta y me impidió irme a la costa aquel fin de semana. Disney, habla con tus distribuidores. Me debéis una buena película y unas vacaciones.

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