Justicia prosaica

Fotograma de 'Deliverance'
Fotograma de 'Deliverance'
Cinemanía

En 1979, cuando contaba 13 años, mis padres me enviaron a un campamento de verano en la localidad leonesa de La Vecilla como experiencia de socialización en un entorno natural, por mucho que yo considerara, ya entonces, la naturaleza como un medio hostil e incómodo cuando te ves obligado a pernoctar en esos tortuosos habitáculos denominados “tiendas de campaña”. Nunca he sido proclive al cuchitril. Aquello era mi Deliverance adolescente.

Una de las presuntas motivaciones de rutina que los monitores habían discurrido para que mantuviéramos las carpas limpias y ordenadas era puntuar cada día su pulcritud; en la fiesta final del campamento se proclamaría, mediante entrega de trofeo, cuál había sido la más presentable. Tan parca recompensa no cuajó en los jóvenes castores con los que compartía techo de lona; nuestra tarea diaria apenas pasaba de enrollar el saco, mientras veíamos a otros ocupantes barrer, colocar, limpiar e incluso adornar sus entradas con hileras de piedras planas o arbustillos. Simplemente, aquello no iba con nosotros.

Llegó en la fiesta final el momento de anunciar la tienda más ordenada y cuál sería nuestra sorpresa cuando dijeron nuestro nombre. Noté autodecepción en la mirada del monitor mientras se me acercaba, me entregaba una medalla color bronce con los aros olímpicos en relieve y me susurraba al oído: “Nos hemos equivocado, da igual, ¡disimulad!”.

Al comprender que la jerarquía cubría aquella farsa porque no le compensaba deshacer la confusión en una entrega de premios tan larga, sonreí como Jack Nicholson en El resplandor, alcé la tosca medalla sobre mi cabeza y me hinqué de rodillas celebrando el falso premio. Docenas de ojuelos me clavaron su mirada de odio infantil mientras yo festejaba aquel trozo de metal que no merecía. Qué gran lección de vida nos dio a todos aquel monitor.

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