El flotar se va a acabar

El desencanto
El desencanto
Cinemanía

Los recuerdos se nos acoplan de manera caprichosa, a su bola, como ellos quieren; estamos en sus manos. Un buen día (qué optimismo, calculo que fue hace 35 años), mi gran amigo Luis Salgado, dueño del mítico bar Diario Roma en Oviedo, soltó lo que percibí como uno de sus habituales aforismos: “Tengo un lago en la cabeza, flotan los peces”. 

La frase se me adhirió inmediatamente, la doté de miga, comencé a citarla, primero de forma evocadora, con el tiempo pasó a definirme de una manera extraña. Veinte años más tarde (qué poco ocupan esas cuatro palabras, con lo que cuesta vivirlas) escribí un artículo sobre Salgado y, cómo no, mencioné la citada cita. Mi amigo elogió el texto, pero matizó: “La única pega es que esa frase no es mía, es un poema de Leopoldo María Panero”.

Caramba. Llevaba dos décadas viviendo una sensación muy concreta a través de la poesía, sin saberlo ni sospecharlo. Otro sólido cimiento de mi metafísica que se tambaleaba. Es lo que tiene construirse uno mismo los sistemas filosóficos, que nacen endebles. Y no solo eso, también descubrí que el original difería un trecho del que yo recordaba. 

En realidad, Panero había escrito: “Un lago ha nacido: / en mi cráneo / flotan los peces”. Quizás Salgado citó a su manera recomponiendo la idea, sin ánimo de enmienda o apropiación, o puede que el haiku inicial se deformara en el viaje a mi memoria generando un archivo erróneo, pero sentí que me gustaba más la versión fallida, quizás porque el roce hace el cariño y ya llevaba cuatro lustros conviviendo con el desliz. 

Desde ese descubrimiento han pasado otros quince años y aquí estoy, intentando dilucidar en qué se diferencian dos conceptos tan parecidos y por qué esos peces flotantes siguen tan presentes dentro de mi cráneo. Supongo que esa es la máxima aspiración de todo poeta. Gracias Salgado, gracias Leopoldo.

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