OPINIÓN

Dos veces bueno

'Alcarràs'
'Alcarràs'
Avalon
'Alcarràs'

Digamos que el rencor es un atributo evolutivo, por qué no. Admitamos que el resentimiento que queda incrustado en la memoria incrementa nuestras futuras respuestas ante situaciones similares. Haber sido peores nos convierte en mejores depredadores, más afinados y certeros. Tiene sentido: perdonamos, pero no olvidamos para tener en cuenta dónde no debemos volver a caer

¿Qué papel juegan entonces la bondad, la excelencia, el bien? ¿Qué lugar ocupa la felicidad en el largo plazo? Una visión optimista la catalogaría como un fin en sí mismo, una meta obtenida que disfrutamos en presente, pero que revivida en pasado se convierte en esa nostalgia que duele, porque toda vida es una cuesta abajo inexorable.

Por todo eso, qué difícil escribir sobre una buena película. Qué complicado ponerse estupendo cuando la propuesta te supera, asombra y admira. Por ejemplo, Alcarràs. Qué peligroso y resbaladizo venirse arriba, impregnarse de trascendencia cursi, resultar artificial, pretencioso o pedante, cuando el sentimiento es mucho más primitivo, visceral y, literalmente, inexplicable. Intentar diseccionar a toro pasado los mecanismos que convierten esa narración en un viaje hipnótico es como explicarle a Carla Simón cómo ha hecho lo que ha hecho. 

Puedo apuntar, tímidamente, su impulso universal a partir de una historia radicalmente local; los reflejos de la tradición, la infancia y la vejez; el asfixiante, férreo y quebradizo concepto de familia; la sólida tela de araña tejida entre los personajes; la equitativa presencia individual de cada uno de ellos a favor de una vocación coral (todos caminan juntos por sitios separados) y la demoledora naturalidad de todo el reparto. Ahí es cuando leo reportajes sobre el minucioso trabajo de casting, un procedimiento paciente, meticuloso y planificado en el que las lágrimas de Quimet cuestan más por verdaderas que por habituales.

Fui a ver Alcarràs y al final ella me miró a mí.

Mostrar comentarios

Códigos Descuento