Cuatro lustros

Cuatro lustros
Cuatro lustros

Alguien dijo (cito tan de memoria que ni siquiera sé quién inventó la frase) que el año más largo en la vida de una mujer es el que va del 29 al 30 porque, de cara a sus amigas, dura diez años. La mujer que llevo dentro está de acuerdo con detenerse en esa edad que yo tenía hace, precisamente, veinte años. Los recuerdos son reflejos de una forma de vida extinguida que llamamos infancia o juventud y que tintinean como estrellas ya muertas cuya luz sigue viajando por el espacio. Intento rememorar mi yo de 1995 y me llegan datos intermitentes, a ratos diáfanos pero bastante difuminados por el efecto que causa la memoria selectiva. Recordar es enviar el rover Curiosity a explorar tu pasado confiando que las tormentas solares no perturben aquellas sensaciones que hoy sedimentan tu manera de ser.

Usando la Wikipedia como disco duro externo (o cuaderno de bitácora de la era predigital), compruebo que hace veinte años Timothy McVeigh perpetró la masacre de Oklahoma, se inauguró el parque Port Aventura, el Zaragoza conquistó la Recopa de Europa y los noruegos Secret Garden ganaron el festival de Eurovisión. Qué de cosas tan dispares. Se nos fueron Gracita Morales, Dean Martin, Selena o Lola Flores, pero también nacieron Maverick Viñales, Kendall Jenner o, por supuesto, la cabecera de esta revista que usted lee ahora mismo. Pienso en estrenos fundamentales de aquel año (Casino, Toy Story, Sospechosos habituales o El día de la bestia), pero como también soy las películas que no recuerdo aunque en algún momento hayan pasado por mis neuronas, imagino todo ese cine flotando y girando alrededor de mi cabeza como los meteoritos de hielo que forman los anillos de Saturno. Había venido a esta columna a hablar de las dos décadas de CINEMANÍA y he acabado dando vueltas a un planeta de 4.000 millones de años. Al final, todo es una cuestión de tiempo.

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