Acorde a la verdad

Acorde a la verdad
Acorde a la verdad

En Commando, autobiografía póstuma de Johnny Ramone, el guitarrista cuenta cómo planeó minuciosamente la estética de la banda. Los vaqueros rotos, las chupas de cuero, las camisetas ceñidas, el corte de pelo a taza o la simétrica disposición de los músicos sobre el escenario contaban como la estructura de las canciones o los vertiginosos directos sin concesiones.

Cuando Dee Dee dejó el grupo, Johnny se lo explicó al nuevo bajista: “Quédate conmigo cuando yo esté quieto, avanza cuando yo avance y retrocede cuando retroceda. Haz lo mismo que yo”. Saber que esa uniformidad de los Ramones era mucho más que un ímpetu unitario desinfla parte de su aparente anarquía, pero también refuerza su inquebrantable actitud respecto al rock and roll como forma de (ganarse la) vida. Nos gustan las representaciones de la realidad porque la enmascaran a favor. Los Ramones eran un proyecto vital por encima de la individualidad de sus componentes: Joey y Johnny, por ejemplo, no se hablaron durante años a pesar de compartir giras interminables. Crímenes imperfectoses mucho mejor (por peor) que CSI: Las Vegas porque en la serie documental las fotos de las escenas del delito son reales, así como los retratos de los culpables o las breves imágenes de sus juicios (lo malo son, precisamente, las toscas “recreaciones” de los asesinatos). Del mismo modo, es más insoportable para el sentido común cualquier capítulo de Cuerpos embarazosos que el más conseguido gore de ficción, pero uno busca el morbo disfrazado de divulgación y el otro pretende entretener a través del asco. Ambas opciones son raras, pero una es mentira.

Los Ramones nunca vendieron discos de forma masiva (Johnny lo asumió tras el fiasco del elepé que les produjo Phil Spector): su plan de dominación mundial les falló en vida, pero el tiempo los ha convertido en indispensable referencia de la cultura popular. Si el rock fuera una película adaptada, ellos serían el libro original.

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