Petra
La joya de Jordania fue antiguamente la capital del antiguo reino nabateo. C.G.

La ciudad de Piedra, la ciudad rosa y la ciudad perdida. Estos son los sobrenombres que la sorprendente ciudad de Petra ha adquirido a lo largo de su original historia. Hoy es, sin duda alguna, la joya de Jordania y antiguamente fue la capital del antiguo reino nabateo, una tribu árabe establecida desde hace más de 2000 años. Nombrado Patrimonio de la UNESCO, y considerada una de las nuevas 7 (siete) maravillas del mundo, tuvo gran importancia en el comercio y tras una agitada historia recuperó su esplendor en el siglo XIX cuando el suizo Johann Lewis Burckandt, la redescubrió  entrando en la ciudad disfrazado de beduíno en el año 1812.

Petra está situada a unos 250 kilómetros de Amman, la capital del país. Posee una original estructura excavada en la piedra caliza de las montañas del Gran Valle del Rift, una auténtica maravilla que concilia la gran obra de la naturaleza y la del hombre. Antes de ser construida, el lugar ya era poblado por los edonitas, que la fundaron en el siglo VII a.C.,  aunque su período de esplendor  tuvo lugar con los nabateos y el control del comercio de especias, como lugar de paso.

Adentrándose en la ciudad rosa

El recorrido comienza en el punto de visitantes, preferiblemente con ropa cómoda y abundante agua. Allí hay que decidir hacerlo a pie, en animal o calesa y elegir un guía. Lo primero que se ve son los Djin Blocks, monumentos de piedra cuadrados construidos por los nabateos y cuya función es desconocida. Siguiendo el recorrido, se encuentra la Tumba de los Obeliscos, formada por cuatro de estos, varias habitaciones para sacrificios humanos.

Poco a poco el viajero se introduce  en un angosto desfiladero cuyas paredes llegan incluso a los 200 metros de altura. Es el Siq, un pasillo de algo más de un kilómetro, cuya sombra agradece quien lo atraviesa. El mejor tramo de este lugar es sin duda el final, aquél en el que el viajero comienza a vislumbrar al fondo el Tesoro. Majestuosamente protegido por las rocas, emerge imponente ante el viajero con un suave color rosado y una estructura clasicista.

Siguiendo el camino se encuentra la Calle de las Fachadas, un conjunto de unas cuarenta  tumbas nabateas de estilo similar al asirio, junto con un altar de sacrificios en honor al dios Dushara. En él que se pueden ver los sumideros por los que la sangre de los sacrificios fluía. Otro de los lugares más visitados es el Teatro, de estilo griego, construido por los nabateos  en el siglo I a.C. y con capacidad para unos 4.000 espectadores. Cinco siglos después de su edificación sufrió los efectos de un devastador terremoto, al igual que otra gran parte de estas construcciones. Es aquí donde el desfiladero desaparece y un gran espacio abierto aparece ante el espectador con un conjunto de tumbas reales construidas para el rey nabateo Maluchos II. La tumba de la Urna conservaba sus restos y es la más llamativa, aunque también merece la pena ver la tumba de la Seda o la Corintia o la del Palacio.

El Documanus es una espaciosa vía romana pavimentada y construida en el año 106, con la llegada de los romanos a la ciudad. A su alrededor se pueden ver restos de los imponentes construcciones que antaño ocupaban en este espacio: el Palacio Real, los baños nabateos y la puerta de Témenos, un antiguo arco romano. Quasr al Bint, conocido como el Templo de la Hija del Faraón, es la única edificación de los nabateos que no está excavado en la tierra, con 23 metros de altura. El Monasterio del s.III es otro templo al que se accede a través de unos 800 peldaños excavados en la roca.

Petra en la noche

Una de los momentos más apreciados es la visita nocturna a la ciudad, que dura dos horas y en la que se pueden visitar rodeado de velas, un espectáculo folklórico en este lugar privilegiado. Muy recomendado para los amantes de la fotografía.

Despedida: historias de la Biblia, Indiana Jones, Tintín, Lawrence de Arabia. La ciudad se puede ver un en un solo día, pero para disfrutarla y verla a fondo, es recomendable estar 4 días.