Relicario de la Corona de Espinas
Relicario fabricado en París, entre 1390 y 1397, para guardar una reliquia de la Corona de Espinas de Jesucristo © The Trustees of the British Museum

Aunque ya no suscitan las pasiones viajeras que provocaron durante siglos, las reliquias representan entre los católicos un punto de conexión directa con lo divino. Prueba de ello son las miles de personas que, todavía hoy, acuden a conocer las reliquias de Santa Teresa, San José, San Genaro, San Pantaleón o del Santo Cordón Umbilical de Jesucristo.

Las reliquias pueden clasificarse en tres grados. Las de primer grado son aquellas que se corresponden con alguna parte del cuerpo de un santo o santa. Las de segundo grado se identifican con un fragmento de su ropa o de algún objeto personal usado en vida, y las de tercer grado son objetos que han estado en contacto con una reliquia de primer grado o con la tumba de algún personaje canonizado.

Los restos de Santa Teresa

Cuando nueve meses después de su fallecimiento, el 4 de octubre de 1582, la tumba de Santa Teresa cedió al peso de la tierra que la cubría, nadie daba crédito a lo que encontraron en su interior. Con sus ropas roídas por la humedad, el cuerpo de la patrona de Ávila se hallaba incorrupto, como si hubiese sido enterrado solo unas horas antes. Este hecho se interpretó como un milagro y generó multitud de disputas entre aquellos que querían apoderarse del cadáver por considerarse portador de buena suerte. Ante la falta de acuerdo, finalmente se decidió desmembrarlo y repartirlo por el mundo.

Actualmente, los devotos de esta santa pueden venerar muchas de sus reliquias en ciudades de España, Portugal, Italia y México. Entre ellas, a su mano izquierda, que se custodia en el convento de San Alberto de Lisboa. Con forma de corazón, tres pedazos de carne se guardan en los conventos de las carmelitas descalzas –orden que Santa Teresa fundó–, ubicados en los municipios de Madrid, Malagón y Valladolid.

Ojos, manos y muelas de Teresa se reparten por Toledo, Santiago, Ronda y MéxicoEn un recorrido sorprendente, el convento de San José de las Madres Carmelitas Descalzas de Toledo, la catedral de Santiago de Compostela y un convento de Puebla de los Ángeles (México) albergan sus muelas como reliquia. En el convento que fundó en Ronda (Málaga) están su ojo izquierdo y su mano derecha.

Una mano a la que, a su vez, le amputaron varios dedos que están en  la iglesia de Nuestra Señora de Loreto en París, el Museo de Santa Teresa en Ávila, la Hermandad del Carmen de San Juan en Aznalfarache (Sevilla), el convento de Santa María della Scala en Roma y la iglesia de San Pancracio –donde también se guardan su pie derecho, su mandíbula, algunos fragmentos de su cráneo y varios dientes– y el convento de las Carmelitas en Bruselas, donde reposa su clavícula derecha. Los restos que no fueron desmembradas reposan en un sepulcro de cristal en Alba de Tormes, localidad salmantina en la que la Santa expiró y en la que también se veneran su famoso brazo incorrupto y su corazón.

Del Vaticano a Madrid, pasando por Murcia

El Vaticano atrae cada año a miles de turistas deseosos de conocer la Capilla Sixtina y sus célebres museos. Sin embargo, lo que muchos no saben es que en el Sancta Santorum de esta ciudad-estado se “conservan” las que quizás sean las reliquias más sorprendentes entre cuantas existen: un suspiro de San José y un estornudo del Espíritu Santo.

Según la tradición, el suspiro fue emitido, fruto del cansancio, por San José cuando bebía agua de una botella en la que quedó atrapado. Al parecer, un ángel recogió el recipiente y lo escondió durante siglos hasta que, en un trance místico, unos monjes que peregrinaban a Nazaret la encontraron y la llevaron a la iglesia de Blois (Francia), desde donde fue trasladada al Vaticano. A día de hoy se puede contemplar allí, como también puede verse otra botella que contiene un estornudo del Espíritu Santo, esta vez traído desde la parroquia italiana de San Frontino.

San José suspiró cuando bebía agua y su suspiro quedó (¿?) atrapado en la botellaLa vida contemplativa de las monjas que habitan en el Real Monasterio de la Encarnación se ve alterada cada 26 de julio con la llegada de miles de peregrinos que acuden a presenciar lo que desde hace al menos cuatro siglos se considera un milagro. Sin entrar a valorar la autenticidad o no de este acontecimiento, lo cierto es que se ha convertido en una parada ineludible para el denominado “turismo sacro”. Como también lo son otras reliquias que, repartidas por toda la cristiandad, pueden presumir de un gran poder de convocatoria.

Así sucede, por ejemplo, con la sangre de San Genaro que, al igual que la de San Pantaleón, también se licúa en la Capilla del Tesoro de la Iglesia Capital de Nápoles en tres ocasiones a lo largo del año: el sábado anterior al primer domingo de mayo, en su onomástica el 19 de septiembre y en el aniversario que conmemora su intervención frente a la furia del Vesubio el 16 de diciembre de 1631.

Otras reliquias igualmente sorprendentes son las que se corresponden con el Santo Cordón Umbilical de Jesucristo que se repartió entre las iglesias de Santa María del Popolo y San Juan de Letrán, ambas en Roma; el Museo Cluny de Chalons-en-Champagne (Francia) y la iglesia de San Martino (Italia). Varias gotas de leche materna de la Virgen María se conservan en la Catedral de Murcia y también se licúan el día de la Asunción, permaneciendo sólida el resto del año. Incluso, en la iglesia italiana de la Madonna di Loreto parece conservarse lo que se identifica con una pluma del arcángel San Gabriel que, según la creencia, se desprendió de una de sus alas mientras luchaba contra el diablo.

Reliquias de segundo grado

Entre las reliquias de segundo grado destaca, sobre todas las demás, la Sábana Santa de Turín, aunque no es esta la única pieza del ajuar que formó parte de la vida de Jesús. La catedral de la localidad cacereña de Coria custodia el mantel que presuntamente fue usado en la Última Cena, una pieza de lino de 4,42 metros de largo y 92 centímetros de ancho, blanca por un lado y con sencillos adornos en azul por el otro, que no es muy conocida entre los devotos y que, por tanto, no recibe muchas visitas.

Podríamos estar enumerando miles de reliquias, algunas de ellas duplicadasEn la Catedral de Oviedo se conserva el que se dice fue el Santo Sudario de Cristo, que se expone tres únicos días al año ante el público: Viernes Santo, el 14 de septiembre y el 21 de septiembre. La catedral de Valencia alberga un cáliz que la tradición identifica con el Santo Grial. De él se cuenta que la copa superior, fabricada en piedra de color rojo oscuro, es la única parte original, mientras que las asas, el nudo, el pie y la orfebrería gótica fueron incorporados entre el siglo XIII o principios del XIV.

Otras reliquias menos conocidas están relacionadas con la cruz de Jesús, de la que se extrajeron trozos y astillas que, entre otros lugares, se preservan en la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén de Roma y el Monasterio de Santo Toribio de Liébana (Cantabria). Hasta sus pañales están guardados en un gran cofre en la catedral de Aquisgrán (Alemania) y parte del pesebre en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma. La lanza con la que el soldado romano Longinus atravesó el costado de Cristo permanece en la catedral de Núrenberg y su corona de espinas en la catedral de Notre Dame de París.

Y así podríamos estar enumerando miles de reliquias, algunas de ellas duplicadas, pero eso es ya otra historia.