Sandro era uno de ellos con quien me puse a hablar y no hubiera podido seguir si él no hubiera hablado un poco de estonio. La primera vez le vi en una pizzería, la segunda en un bar cerca del Coliseum y la tercera esperando un taxi, que por cierto, nunca vino. En la cola le pregunté si me estaba persiguiendo.
Me dijo que sí. Fue entonces cuando cogí el instrumento de la mosca de burro de mi mochila para tocarlo un poco, matar el tiempo y luego tirarlo. Este instrumento sí que es de mi tierra, de mis antepasados. Ellos lo inventaron cuando estaban con las ovejas en el prado muriéndose de aburrimiento.
El instrumento se parece a un peine. Lo pones entre los labios, mueves la punta del peine y sale el sonido de la mosca de burro. Mis antepasados lo consideraron como música. Todavía no me lo explico. Pero cuando Sandro lo vio se le saltaron los ojos como había pasado con Bruno y no dejó de mirarlo.
“Ese sonido... ese sonido es angelical. ¡No me puedo creer que haya un instrumento en el mundo para crear este sonido tan maravilloso! El canto de la mosca de burro es incomparable”. Lo que ha dicho ya no parece tan raro, cuando vea que tenía Sandro en su casa.
Miles de botellas llenas de moscas de burro, en las paredes carteles de ellas, en las sábanas sus caras. Viendo esto, que es totalmente increíble, entendí que mis antepasados no habían inventado una cosa totalmente inútil y fea. Al revés, dos siglos después habían hecho a un muchacho italiano muy feliz.
Cuando nos despedimos en el aeropuerto, me miró fijamente con sus ojos oscuros, el instrumento de la mosca de burro colgando de su boca y me susurró, en estonio claro:” Me has dado lo más importante de mi vida. ¡Nunca te olvidaré, La Chica de La Mosca de Burro!”.
Le sonreí mientras pensaba cuanto me molestan las moscas y sus familiares en los días calurosos cuando se quedan pegadas a tu piel y te pican y no quieren largarse, y las matas con una rabia nunca vista pero ellas siguen allí donde estés tú. ¡Es imposible quererlas! Encima, ahora me han nombrado la reina de ellas.
Esto me provoca sentimientos opuestos. Me pregunto si puedo ser la reina de alguien a quien no soporto. Pues no sería la primera vez en la historia. No existe nada de romanticismo en Europa. Todos los países son iguales. No tienen sus características, no son únicos.
Sólo el idioma distingue a los países. ¡Así de claro lo digo! Las calles, las casas, hasta las caras se parecen demasiado. Si has visto uno, los has visto todos. Europa me aburre muchísimo.
Si te ha gustado, espera a leer los próximos días los relatos de Anna-Maria al otro lado del Atlántico. Ella contó ya su paso por París, por Berlín y narró la experiencia que supone viajar.
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