Y los cientos de interesados, entre quienes, por cierto, había señoritas muy guapas y señores como Hércules, le escuchaban impresionados, con admiración. Quizás prometiéndose que mañana mismo partirían a buscar esos tesoros que oculta nuestro planeta y que este hombre, en el centro de atención de todo el pueblo, ya había visto o tocado o vivido.
El viajero era el más sabio de los sabios porque tenía todas las respuestas. Si él decía que había visto el mar y que era amarillo o el lago salado, entonces así era. Si él decía que no había nada mejor que despertar al lado de una hermosura, entonces así era. Nadie dudaba de su credibilidad. ¡Nunca! Porque querer viajar es algo natural en alguien que busca respuestas.
Las respuestas se revelan a través de la aventura, de la experiencia, de los peligros. Sólo los viajeros son abiertos a cualquier experiencia, porque sólo ellos saben que las respuestas te harán crecer. Saber las respuestas te dará el respeto. Mejor dicho, te dará las ventajas que conlleva este estatus.
Los cientos de interesados le daban de comer lo mejor que encontraban en las casas de los más ricos del pueblo y le daban de beber lo mejor que encontraban en las bodegas más grandes del pueblo y le ofrecían la mejor compañía que encontraban en los bares más caros del pueblo para que el visitante no pasara la única noche en este pueblo tristemente sólo. Todo este lujo para que el viajero contara más maravillas del mundo.
La gente de entonces era más culta, estaba más en contacto con el mundo. Y la profesión de viajero era la más envidiada y admirada de la Tierra. Hoy los viajeros ya no tienen prestigio. Tienen muchos nombres, eso sí, pero prestigio ninguno. Les llaman vividores, inmigrantes, muertos de hambre y hasta he oído perdedores. Perdedores que llevan una vida que no es nada más que vagabundeo. Y vivir así es una gilipollez. ¡Así de claro!
Si alguien te pregunta de dónde eres y le dices que del Polo Norte, que en sí ya es una posibilidad entre mil millones, te sonríen y en vez de preguntarte a ti, que eres de allí, empiezan a explicarte:” Es un lugar bonito. Hace mucho frío y hay osos blancos y pingüinos.
Sí, es un lugar muy bonito”. A la gente de hoy, en los tiempos de Ferrari y David Beckham, no le interesa nada que no tenga que ver con ellas, ni saben hablar de otra cosa que no tenga que ver con su propio ombligo. Piensan que lo saben todo y si no lo saben, se lo pueden imaginar y si ni siquiera pueden imaginarlo entonces es una tontería y ya no les interesa.
“¿ Para qué?” te preguntan”¿Qué hago con esa información de que en China la calle es el centro de la vida sólo porque en las casas donde viven no caben más cosas que ellos mismos durmiendo en la posición fetal?
Yo vivo en mi casa de dos dormitorios y puedo tener visitas aquí cuando me da la gana y puedo dormir en mi cama en posición horizontal, diagonal y hasta vertical. ¡Así de grande es mi cama, eh! ¿Y qué has dicho sobre Finlandia? ¿Qué hay noches que nunca acaban y encima hace un frío insoportable de –50ºC? ¿Y a mí que me importa?
Yo vivo en España donde hace mucho sol todo el año, además tengo estufas en todas las habitaciones. Hasta en el baño, ¡eh! Con las noches la cosa está mal aquí, es verdad. Siempre acaban. ¡Ojalá, que no fuera así!” y te guiña el ojo derecho como queriendo insinuar algo. ¿Qué?
El pobre viajero se queda mirando a este tipo de gente y piensa que hubiera tenido que nacer hace tres siglos, en los tiempos en que su profesión todavía tenía un prestigio, cuando aún había interesados en sus cuentos.
En resumen, cuando el cielo era más azul y la hierba más verde. Ahora, cuando intentas relatar una aventura tuya de un viaje a Sudamérica, todo el mundo espera un chiste o por lo menos un poco de sexo. Tú, en cambio, quieres describir las maravillas de su naturaleza, sus animales y su gente amable.
Pero para la gente si no hay sexo, humor y un poco más de sexo, no hay historia. Antes se van a ver la repetición de un partido de fútbol que escuchar a un vagabundo hablar de cosas inútiles como los árboles o los pájaros de Sudamérica. Otra vez el viajero calla toda su sabiduría y tarde o temprano se pone a escribir un libro sobre sus viajes para que la ignorancia de la gente no le interrumpa, evitando la situación de describir las cosas bellas a la gente fea. Porque ser viajero es ser escritor y ser escritor es ser viajero.
Y un día, cuando hace mucho sol, el cielo es azul-azul y los niños normales juegan con arena construyendo castillos, una muchacha saca de debajo del polvo su libro. El viajero probablemente estará ya muerto, pero sus palabras viven, impactando. La muchacha encuentra increíble la variedad del mundo, las mil caras de la persona, las aventuras inolvidables aunque sean simplemente en blanco y negro, escritas hace muchísimos años por un adulto que no sabe nada de los problemas de una muchacha adolescente.
Leyendo el libro más bonito del mundo, tampoco la muchacha se acuerda de los deberes de la adolescencia - está siempre en casa, no tiene amigos y por lo tanto ninguna posibilidad de quedarse embarazada. Sus padres no pueden creer su suerte al tener una hija tan sensata y responsable.
Hasta que ella ya no aguanta más y quiere ver todo esto e incluso más con sus propios ojos. El mundo que promete colores en todos los sentidos. Y le hace tanta ilusión ver ya esta maravilla que se llama Tierra que se despide de sus padres, de su hermano, de sus amigos y vecinos, de las calles de su infancia, de las casas de las calles de su infancia, de los jardines de las casas de las calles de su infancia, de los árboles de los jardines de las casas de las calles de su infancia y se va.
“¿Cuándo vuelves?” le pregunta su madre que hubiera preferido una hija normal. Pero ella no lo sabe. Promete, por si acaso, que volverá pronto y les contará todo lo que haya visto. Se besan, le desean mucha suerte y no le volverán a ver hasta dentro de un par de años. Exactamente así pasó conmigo.
Hace dos años me fui de mi casa con tres mochilas llenas de cosas que pensaba que necesitaría en el viaje, pero luego resultó que eran las únicas cosas que no necesité. Bueno, no pasó nada, las regalé a personas que las querían sin ningún engaño o esfuerzo por mi parte. Esto no lo han escrito los viajeros en sus libros. Puedes deshacerte de muchísimas cosas y encima quedar como un héroe.
Esas cosas han encontrado un nuevo hogar gracias a mí. A veces, cuando me encuentro con mi amiga Ana, que cree que las cosas tienen alma, pienso que hacer esto fue mi única misión. Y a veces, cuando estoy sola, pienso que no. Mi idea era empezar en Europa, continuar en América del Norte, de allí ir a Australia y a través de Asia volver a Europa. Más o menos así fue.
Primera parada... París y el amor gracias a un jarrón de cristal
Si te ha gustado, espera a leer los próximos días los relatos de Anna-Maria en Berlín, Roma o Estados Unidos.
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