Cayuquero, mi amor: Emigrantes españoles, el pasado de un drama actual

El velero La Elvira, a su llegada a Carúpano (Venezuela).
El velero La Elvira, a su llegada a Carúpano (Venezuela).
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Las claves:
  • ‘La Elvira’ fue un paupérrimo velero que transportó en 1949 a más de 100 inmigrantes clandestinos españoles a Venezuela.
  • Reproducimos su odisea gracias a los descendientes de uno de ellos, Paco Azcona.
Qué...

Emigración española. En Venezuela habitan hoy 126.000 españoles, la mayoría de origen canario o gallego (el 54% regresaron). Sólo entre 1948-1950, unos 12.000 canarios emigraron. Entre 1900 y 1913, 180.000 emigrantes españoles zarparon al año.

Quién...

Por comunidades. Los gallegos, canarios, vascos, catalanes y andaluces fueron los que más emigraron.

Cómo...

Varias vías. Dependió de la época, y de las leyes migratorias. Hubo cargamentos clandestinos, embarcados en alta mar, o en los puertos de Burdeos, Lisboa, Marsella o Gibraltar, lugares más permisivos. También hubo inmigrantes que viajaron de modo legal, acudiendo a las propuestas de empleo.

Por qué...

Hambre y riquezas. Emigraron por la miseria reinante en el país, o siguiendo a los reclutadores latinoamericanos que prometían riqueza, o a sus propios familiares por sus cartas.

"Júrame que no morirás", le dijo, siendo niña, Blanca Azcona a su padre, Paco. "Miénteme, dime que estaremos siempre juntos, unidos, como eternos Don Quijote y Sancho Panza", susurró con cálido acento venezolano. Paco Azcona, su "papá", ‘incumplió’ la promesa, y murió a la edad de 76 años. ¿Acaso podía cumplirla?

En su entierro, en el municipio venezolano de Guarena, sonó el segundo himno de aquel país: Alma llanera. Y cuando la tierra que le había acogido cayó sobre el féretro, sus hijos improvisaron una isa canaria, su última voluntad: "Palmero sube a la Palma…"

De su memoria sobreviven los recuerdos de sus tres hijos (Blanca, Raquel y Jesús). Y de su historia, una cinta de casette en la que narró el calamitoso viaje.

Paco fue uno de los 106 inmigrantes de La Elvira, paupérrimo velero que cruzó en 1949 el Atlántico, desde Gran Canaria al puerto de la Guaira, en busca de un nuevo horizonte. Clandestinos, "viajamos hombres de 14 años en adelante, 14 mujeres y una niña de siete años...", escribió.

Un centenar de apátridas forzados a desafiar a Poseidón (el que sacude la tierra y las conciencias), a sus olas, y el hambre, ese trauma generacional. Pagaron, cada uno, 4.000 pesetas.

Es la historia de la otra España del franquismo, la de los marginados, zarrapastrosos, la de los cayuqueros prototípicos; santos patrones inconscientes, invocados hoy por los subsaharianos.

El hermano de Paco, Juan, casi pudo palparle, en la oscura lejanía, desde la lancha, en la madrugada del 17 de abril. Casi pudo sentirlo cuando se sacrificó, y renunció a subirse al barco en la playa de las Canteras (Gran Canaria), en el crítico momento, al escuchar el rugido de una patrullera de la Guardia Civil: "¡Alto, en nombre de España!".

Juan, el organizador, el que había reunido a casi la mitad de la tripulación en su misma casa, se quedó en tierra. Era la tercera vez, y la última que organizaría este viaje. Su hermano pudo zarpar. Y Juan, casi lo sintió en la oscuridad: "Adiós, Paco, suerte".

Paco fue "lanzado como un saco de patatas dentro del velero. Tenía 17 añitos. Era analfabeto cuando llegó acá, Venezuela", dice su hija Blanca, de 43 años, a la que gusta apodarse Princesa Yaiza, por su origen canario, y en honor a una hija que murió demasiado joven.

Ella, Raquel y Jesús, los tres venezolanos, se han criado con las narraciones de la odisea. "Nos contaba que hacían carreras de piojos para matar el tiempo", explica Raquel. Se levantaban "mojados por los vómitos de sus compañeros, dormían uno encima de otro, y se turnaban para que unos estuvieran arriba del bote, y otros abajo; no cabían".

Hacinados: canarios, andaluces, castellanos y vascos: la otra España. "En las cucharillas hicieron un agujero para escurrir los gorgojos". El gofio (granos de trigo tostados al estilo canario) era su alimento. Y su guía, la estrella polar. Cada amanecer sonreían a Dios: "¡seguían vivos!".

Al llegar a la costa, famélicos, tras 36 días de calamidades, se lanzaron sobre una fruta extraña. "Olía a trementina, y pensaron que era veneno", dice Blanca. "Pudo más el hambre que el miedo a morir". Tuvieron suerte, ese veneno, era mango.

Paco Azcona rehizo (¿o empezó?) su vida en Venezuela. Se hizo pintor de brocha gorda, durmió en las plazas, mendigó platos de comida. Tuvo otra vez suerte y se casó con Ermelinda, que hoy tiene 83 años, y sufre alzheimer. Ella era venezolana, maestra, y le enseñó. "Mi papá acabó siendo muy culto y querido en Guarena. Montó el Orfeón de la ciudad, el Liceo, el primer periódico...", dice Blanca.

Sólo regresó a España en tres ocasiones, a partir de 1970, "muy asustado, por si le hacían quedarse a hacer el servicio militar".

¿Acaso pudo Paco cumplir con la infantil promesa? Tal vez sí, cuando dentro de unos años, una tal Fátima, hija de un tal Mohamed, repita en un lugar de España esta sentencia mágica: "Júrame, papi, que no morirás". Y él responda lo mismo que pudiera responder Paco: «Inshallah/si Dios quiere».

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