No fue una fascinación momentánea: Alexis es acordeonista profesional desde los 14. Al recordar su niñez se le pone «piel de pollo». La familia era pobre, el padre era funcionario y la madre hacía sustituciones de profesora.
Apenas llegaban a fin de mes: la Coca-Cola era una bebida de lujo, «para las visitas»; el bollo del colegio iba vacío. Jugaba al fútbol dándole patadas a una pelota de trapo. «Pero fueron los tiempos más lindos de mi vida, si a alguien le regalaban una bicicleta, ésa era la bicicleta de 15». A ese sentido colectivo le llama con orgullo «la gauchada, el arte de vivir».
Dedicado a los 43 ritmos folclóricos argentinos, cuando toca revive el difícil pero dulce pasado y piensa en su hija: «Los recuerdos me permiten tocar con pasión. La técnica es cuestión de horas de estudio. El sentimiento es vivencial».
Los sentimientos no sólo afloran con la música. Al relatar, da a cada recuerdo la importancia de quien vive con intensidad. Su padre murió hace cinco años y Alexis se emociona recordando cómo hizo horas extra para comprarle el primer acordeón: «A pesar de la situación, jamás me exigieron llevar dinero a casa, me apoyaron y me enseñaron que lo más importante es la búsqueda de la libertad».




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