Durante los enfrentamientos, más de 500 personas fueron detenidas y gran parte de los 210 heridos, entre manifestantes y policías, tuvieron que ser ingresados con profundos cortes, contusiones, fracturas y conmociones cerebrales en hospitales de Pyeongtaek.
Los choques más violentos se produjeron en una escuela del poblado de Daechuri, el foco de esta abigarrada rebelión, que fue ocupada por los manifestantes por encontrarse en el terreno donde está previsto ampliar esas instalaciones militares norteamericanas.
Según Yonhap, el Ministerio de Defensa envió 3.000 efectivos de las fuerzas de policía antidisturbios y militares de las fuerzas de tierra, 600 ingenieros militares y 700 guardias de seguridad pertrechados con material pesado para reprimir manifestaciones.
Entre esta resistencia, había incluso sacerdotes católicos de la pequeña comunidad de esta religión existente en Pyeongtaek.
A pesar de su inferioridad numérica y del uso de cañones de agua por la policía, los manifestantes respondieron a la carga de los antidisturbios a pedradas, con pértigas de bambú que emplearon a guisa de picas, y a golpe de bate de béisbol, palos, tubos de hierro y cualquier otro objeto contundente que tuvieron a mano.
El Gobierno había advertido ya en varias ocasiones de que usaría la fuerza para desalojar la protesta y poder comenzar la ampliación de la base, obras rechazadas por los habitantes de Pyeongtaek y que han levantado numerosas críticas en todo el país.


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