Un sastre y un orfebre peregrinaban por lejanos parajes cuando vieron a un grupo de pequeños seres bailar
alrededor de un anciano. Los dos se unieron a los danzantes. Y
sin mediar palabra, el anciano sacó un cuchillo y les rapó la cabeza y las barbas. Ambos sintieron miedo y extrañeza,
sobre todo cuando el anciano les llenó los bolsillos de carbón. Los dos peregrinos se fueron a dormir sin entender nada. Y en mitad del sueño
notaron algo extraño: su pelo y sus barbas habían crecido, y el carbón era oro puro. Se pusieron muy contentos. Pero el orfebre, no satisfecho, decidió volver.
De nuevo el anciano le rapó la cabeza y la barba, y le dio dos sacos de carbón. El orfebre se acostó feliz, y pensó en lo rico que sería a la mañana siguiente.
Pero cuál fue su sorpresa al descubrir que su pelo y su barba no habían crecido, y que el carbón era más negro que nunca. Lo había perdido todo, y
además le había salido una feísima joroba. Desconsolado, calvo, jorobado y pobre, se lo contó a su amigo. El sastre le dijo que con su oro tenían de
sobra para los dos, aunque no podía resolver sus otros problemas. Este orfebre fue
demasiado avaricioso y tuvo su castigo. Y es que
no siempre podemos arriesgarnos para conseguir algo mejor. Hay que saber disfrutar de lo que se tiene.
Próximo viernes: 27/La tetera
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