Cinco oficios clásicos que han desaparecido con el avance de la tecnología

Las telefonistas, casi todas mujeres, se encargaban de conectar llamadas manualmente.
Las telefonistas, casi todas mujeres, se encargaban de conectar llamadas manualmente.
The U.S. National Archives

¿Nos reemplazan las máquinas? Hubo un tiempo -ya lejano- en el que nos desplazábamos en carruaje de caballos o en que la prensa o la lecha se repartía de puerta a puerta. Actualmente todos vemos como algo normal que aquellos trabajos hayan desaparecido y hayan sido sustituidos por tecnologías más avanzadas, pero entonces también se habló probablemente de una pérdida de mano de obra humana.

El discurso y la eterna discusión sobre si los robots o los avances tecnológicos nos van a quitar los empleos está ya algo manido, aunque no deja de ser cierto que tal vez en unos años exista una inteligencia artificial que sea capaz de cubrir hasta el puesto de trabajo de quien escribe estas líneas. Si bien se sigue dudando de la capacidad de las máquinas de ser creativas, ya es una realidad que un sistema programado pueda redactar noticias como podría ser la transcripción de un encuentro deportivo.

Sin querer ser alarmistas, muchos expertos ya apuntan una serie de empleos que dejarán de hacerse por personas en los próximos años. Y es algo que ya ha sucedido con anterioridad. Te hacemos un pequeño repaso nostálgico de algunos trabajos que han desaparecido con el paso del tiempo y han sido sustituidos por máquinas.

Operadores telefónicos: adiós a las 'chicas del cable'

Tras la primera llamada telefónica de la historia en 1876 a cargo de Alexander Graham Bell, pasó poco tiempo antes de ponerse en marcha las primeras centralitas manuales bajo el auspicio de la Bell Telephone Company. En España, la primera centralita manual de la que se tiene constancia se estableció en 1877 en La Habana, Cuba, territorio español en aquellos momentos. Se desconoce la fecha exacta de la llegada del teléfono a la península aunque existen registros que datan de 1886.

En nuestro país los telefonistas, y en su mayoría las telefonistas, pues era un sector principalmente cubierto por mujeres, tuvieron sus días dorados en nuestro país en los años 20. Todos querían un teléfono en casa y se necesitaba mucha mano de obra para conectar todas aquellas llamadas.

Las operadoras conectaban de forma manual las llamadas introduciendo las tomas en las clavijas para poner en contacto a los interlocutores. Así, a mayor distancia de la llamada, más conexiones eran necesarias entre distintas centralitas.

Aunque el primer conmutador de llamadas se desarrolló a finales del siglo XIX, en nuestro país, la primera central telefónica automática no llegó hasta diciembre de 1923. Solo un año después se fundó la Compañía Telefónica Nacional de España. No obstante, durante décadas se seguiría utilizando mayoritariamente el sistema manual: hasta 1988 no cerró la última centralita manual española.

Fotografía de un sereno español de principios del siglo XX.
Fotografía de un sereno español de principios del siglo XX.
Wikipedia

El sereno: el guardián de las llaves de todo el barrio

El sereno es una figura clásica que todavía nuestras generaciones de mayores recuerdan con cariño. Era el encargado de vigilar las calles, regular la iluminación en horario nocturno y de abrir las puertas de las casas. Era habitual que fuese armado con una garrota, y usase un silbato para dar la alarma en caso necesario.

El sereno es algo muy nuestro y de hecho solo existió en España y en algunos países de Sudamérica. Era como el modo descanso actual de tu teléfono móvil: se encargaba de recordarte que tenías que dormir. Su nombre proviene de que iban por la calle cantando la hora y el tiempo que hacía “Las once y sereno”, “Las dos y lluvioso”...

Los primeros serenos se documentan en el año 1715, creándose el Cuerpo de serenos el 12 de abril de 1765, siendo más tarde incluidos en un Real Decreto del 16 de septiembre de 1834, donde se regulaba la función de los serenos en las capitales de provincia.

Ascensoristas: el arte de subirnos a los cielos de los edificios

La profesión de ascensorista fue muy popular en la época en que los ascensores se gestionaban manualmente, pero, como con casi todos los avances, prácticamente se extinguió con la aparición de los ascensores automáticos.

El lector -los más mayores- probablemente todavía recuerde cuando las puertas de los ascensores eran unas rejas que debían abrirse y cerrarse manualmente. En los buenos edificios, el que hacía esto era el ascensorista, que también pulsaba el botón del piso y accionaba una palanca para que la máquina funcionase.

Esto último, según relatan los escritos de la época, era todo un arte, ya que un movimiento demasiado brusco con la palanca hacía que los pasajeros del ascensor tuvieran un viaje tipo montaña rusa.

A mediados del siglo pasado todavía era una profesión bastante común, aunque con los ascensores automáticos fue desapareciendo hasta formar parte del universo de oficios nostálgicos que la tecnología dejó obsoletos.

Farolero en una escalera inspeccionando la farola en Maastricht.
Farolero en una escalera inspeccionando la farola en Maastricht.
Nationaal Archief

Faroleros: los que se encargaban de dar luz a nuestras noches

En la actualidad, la luz nos parece algo tan corriente que funciona solo con darle a un interruptor. Incluso tenemos móviles con linterna. Pero cuando no existía la iluminación eléctrica, el farolero era la persona encargada de encender las farolas de las ciudades y mantenerlos en buen estado.

De forma manual, este hombre debía encender todas las farolas de las calles que tenía asignadas cada noche y cuidarlos cada día para que no se estropeasen. De hecho, respondían del estado de los faroles que tenían asignados debiendo pagar los daños que les causaran. Sus velas de sebo, que luego fueron de aceite, se encendían con una escalera.

Esta profesión viene de ‘una liberación’ para los ciudadanos: para mantener la seguridad y que las calles no fueran tan oscuras, en 1717 Felipe V ordenó sin excepción que cada vecino de Madrid fijara un farol en la fachada de su casa, y los gastos y mantenimiento corrían a su costa. Había bastante descontento, así que Carlos III en el año 1765 decidió instalar un sistema de alumbrado público e instaurar el oficio del farolero.

Los dueños de las casas quedaban así liberados del gasto, limpieza y mantenimiento de los faroles y en su lugar cada día los faroleros subían su escalera, limpiaban los cristales y encendían el farol, para apagarlos después al amanecer.

En 1878 se inauguró el primer alumbrado eléctrico en la Puerta del Sol y el oficio del farolero desapareció definitivamente a partir de 1930 cuando se instalaron las redes eléctricas de las farolas.

Cigarreras liando a mano en un patio de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, en una fotografía del siglo XIX. La imagen está tomada del libro 'Historia de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla', de José Manuel Rodríguez Gordillo.
Cigarreras liando a mano en un patio de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, en una fotografía del siglo XIX. La imagen está tomada del libro 'Historia de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla', de José Manuel Rodríguez Gordillo.

La cigarrera: la máquina de tabaco ambulante

“Su tabaco, gracias” es una frase demasiado robótica. Hace un siglo las encargadas de dispensar en los clubes el tabaco eran las cigarreras, que llevaban una caja con muestras de cigarros y puros atada al cuello. El oficio de la cigarrera desapareció, como tantos otros, con la llegada de las máquinas.

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