¿Por qué tenemos pesadillas?

La Pesadilla.
La Pesadilla.
Johann Heinrich Füssli / The Worck Project / WIKIMEDIA COMMONS

Todos conocemos la sensación de despertarnos en medio de la noche de golpe, con el corazón acelerado, aún comprendiendo que el horror que contemplábamos hace sólo unos segundos no es más que un sueño. Las pesadillas forman parte de la experiencia universal, pero, ¿por qué se producen?

A modo de definición, podemos decir que una pesadilla es simplemente un sueño que nos produce fuertes sensaciones de miedo, terror, angustia o ansiedad, según expone la Enciclopedia de Medicina de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos. Son especialmente habituales en la infancia, a partir de los 10 años, pero también se producen ocasionalmente en los adultos.

Históricamente, desde el folklore se han proporcionado todo tipo de explicaciones paranormales para las pesadillas. Normalmente, se ligaban a seres sobrenaturales, como íncubos y súcubos (demonios que, se decía, se posaban encima del durmiente para tener relaciones sexuales con él).

En la actualidad, no obstante, la medicina y la psiquiatría manejan varias razones que pueden explicar este fenómeno.

Por ejemplo, lo más común es que las pesadillas no sean otra cosa que un mecanismo de nuestra psique para gestionar tensiones, miedos y experiencias negativas en nuestra vida cotidiana. Por ello, su frecuencia aumenta en momentos de estrés, miedo o duelo. Esto se observa bien en los niños, que suelen sufrirlas justo tras acontecimientos importantes y algo estresantes.

También pueden provocar pesadillas algunas cuestiones fisiológicas; por ejemplo, malas posturas, fiebres, comer justo antes de ir a la cama, medicamentos para dormir, supresión de medicamentos para dormir o analgésicos, consumo excesivo de alcohol, abstinencia abrupta de alcohol y el consumo de algunas drogas ilegales.

Finalmente, conviene estar vigilantes ante las pesadillas frecuentes, repetitivas (recurrentes) o especialmente perturbadoras. Por una parte, las pesadillas pueden en sí mismas convertirse en un trastorno del sueño que perjudique gravemente el descanso y, por otra, pueden apuntar a otros trastornos como apnea del sueño, trastorno por estrés postraumático, narcolepsia, terrores nocturnos, trastornos de ansiedad o trastornos depresivos.

En estos casos, se debe registrar la frecuencia y el contenido de las pesadillas y, especialmente, consultar con un especialista que pueda evaluar si podemos padecer alguno de estos trastornos y prescribir el tratamiento que proceda.

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