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Por qué nuestros antepasados no dormían toda la noche: así dividían el sueño para rendir más

Niña durmiendo.
Niña durmiendo.
BERNHARD KEIL / WIKIMEDIA COMMONS

No dejamos de oír el mantra de que todos los días deberíamos dormir ocho horas. Son muchos los estudios que lo avalan, y es que la falta de una cantidad adecuada de tiempo de descanso tiene numerosos efectos negativos en nuestra salud.

Lo que solemos dar por sentado, no obstante, es que deberíamos dormir esas ocho horas seguidas, en una sola sesión. Al fin y al cabo, parece que así se ha hecho durante toda la vida y que esta es la manera más natural de organizar el tiempo de sueño.

El sueño bifásico

Pues lo cierto es que esta manera de dormir podría ser bastante reciente en términos históricos. De hecho, parece que es el resultado de un cambio en el modo de vida tradicional de las personas que no se dio hasta el advenimiento de la Revolución Industrial.

Esta la conclusión a la que llegó el historiador A. Roger Ekirch, adscrito al Instituto Politécnico y Universidad Estatal de Virginia (Estados Unidos), en su libro At Day's Close: Night in Times Past.

Originalmente, Ekirch estaba investigando sobre cómo era la vida nocturna de la Europa y la Norteamérica preindustriales y, estudiando textos legales, médicos, diarios, religiosos y literarios de diversas épocas (algunas tan lejanas como la Grecia antigua) comenzó a encontrar numerosas referencias a un 'primer sueño' y un 'segundo sueño'.

Indagando más a fondo, descubrió más evidencias de que muchas personas solían organizar su descanso en dos segmentos de sueño, con un espacio entre medias de algunas horas. Según propone Ekirch, ese tiempo no se empleaba para trabajar, sino que constituía tiempo libre que se ocupaba en tareas como charlar, rezar, comer y especialmente para mantener relaciones sexuales. El autor bautiza este patrón con el nombre de sueño bifásico.

El historiador, incluso, cree que en este patrón de sueño podríamos encontrar el origen de un problema bastante común en las sociedades industrializadas, como es el insomnio en mitad de la noche. Según esta perspectiva, se trataría de una especie de 'eco' de una forma de dormir más natural para nuestro organismo como era el sueño bifásico.

La revolución industrial y un cambio en el sueño

Además del propio Ekirch, son muchos los estudiosos de diversas áreas científicas que suscriben la teoría del sueño bifásico. Y todos ellos coinciden en el culpable de su sustitución por la costumbre actual de dormir ocho horas seguidas.

La revolución industrial del siglo XIX constituye, probablemente, la transformación más radical que han vivido las sociedades de Europa y Norteamérica en toda su historia. El cambio alcanza todos los niveles de la existencia humana (económico, técnico, político...) incluyendo las costumbres y modos de vida de todas las capas de la sociedad.

Según estos autores, el aumento de la producción propiciado por los avances técnicos y por la organización industrial del trabajo impulsó la ideología capitalista (que, según la teoría del sociólogo Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, nace previamente en el seno de la burguesía del norte de Europa) orientada fundamentalmente hacia la eficiencia económica. Esta ideología, aplicada a la vida diaria, veía el sueño como un desperdicio de un tiempo valioso que se aprovecharía mejor dedicándose al trabajo.

Por supuesto, a nadie se le escapa que dormir una cierta cantidad de tiempo es necesario para sobrevivir. Sin embargo, el patrón de tiempo bifásico implicaba un lapso difícilmente aprovechable para la actividad económica, o que en todo caso duplicaría los recursos gastados en trámites como el transporte desde el hogar al lugar de trabajo.

Los problemas de la teoría

Aún así, hay ciertos peros a la teoría de Ekirch sobre el sueño bifásico. Aunque la evidencia de que este patrón era común en las sociedades europea y norteamericana es sólida, está menos claro que se tratara de una costumbre universal o que se trate de una forma 'más natural' de dormir que el patrón de siete u ocho horas seguidas.

La crítica más prominente a estos argumentos parte del hecho de que en otras sociedades, como las del Lejano Oriente, las menciones a un primer o segundo sueño son prácticamente inexistentes.

De hecho, otros estudiosos han objetado que existen evidencias importantes de que el modo de dormir, como sucede en la actualidad, era diferente según las personas y estaba atravesado por factores diversos como la actividad laboral, la ideología o la clase social.

Se organice como se organice, lo que sí que parece indicar la evidencia científica es que los humanos necesitamos universalmente dormir una media de al menos siete horas diarias para preservar nuestra salud, coincidentes más o menos con el ciclo noche y día.

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