Los 40 años que cumple nuestra Constitución han sido años bien muy aprovechados por los españoles para asentar un régimen de libertades públicas y de bienestar como nunca antes se había producido en la historia de nuestro país. También sentó las bases para iniciar una convivencia en concordia y en paz inédita en España en los últimos dos siglos, permanentemente arrasados por sucesivas guerras civiles, la última de las cuales, pero ni mucho menos la única, fue la que se desató en julio de 1936.

Ese pasado sangriento es precisamente el que la Constitución de 1978 se empeñó en cerrar definitivamente, y lo consiguió.

Por eso le debemos un homenaje. No por existir, lo cual no tendría la relevancia que le estamos dando en este 40 aniversario de vida, sino por lo logrado bajo su amparo. Y eso, una convivencia en paz, es lo que estamos obligados a preservar para no volver a caer en conflictos estériles. La Constitución fue aprobada con el consenso de las fuerzas políticas con representación parlamentaria y es la única de nuestra historia que puede exhibir ese logro, porque todas las demás, todas sin excepción, se elaboraron, se aprobaron y se aplicaron desde posiciones de fuerza política, de manera que fueron sistemáticamente impuestas a las formaciones que en cada momento estuvieron en minoría. Ese es uno de sus grandes valores, porque existe la memoria de lo que fueron las constituciones del pasado español y las razones de su fracaso.

Por eso, y afirmando sin ningún género de dudas que la Constitución necesita ser reformada en parte de su articulado, es obligado reclamar un cierto consenso básico para evitar caer en el error en el que cayeron nuestros antepasados, lo que les llevó una y otra vez a convertir en inútiles todos los esfuerzos para construir en España un orden jurídico político estable y duradero .

Por lo tanto, búsquese primero una plataforma de acuerdo básico sobre qué se quiere reformar y en qué sentido se quiere hacer antes de abordar un cambio constitucional sin tener perfectamente claros los límites de ese cambio.

Estas son unas precauciones que en otros países de la Unión Europea resultarían perfectamente innecesarias pero que en España son obligadas: nuestra historia nos lo exige.