Mientras los padres de la Constitución se reunían en el Congreso y consensuaban con altura de miras un texto que ha traído a este país la mejor etapa democrática, yo era una becaria esforzada que repartía con loable entusiasmo teletipos. Un día, el compañero que hacía información parlamentaria, ante mi machacona curiosidad, me invitó a acompañarle a la carrera de San Jerónimo.

Lo importante no era lo que se debatía en la Comisión Constitucional, la clave estaba en los conciliábulos de pasillo donde, a lo largo de la mañana, se reunían por separado José Pedro Pérez Llorca con Gregorio Peces-Barba o con Miguel Roca. Ahí se cerraban las enmiendas que, previamente, habían recibido el OK de los líderes de los partidos.

Fue puro posibilismo, sentido de Estado y una clara sensibilidad para cumplir las expectativas de una sociedad que quería dejar atrás, cuanto antes, la ignominia de la dictadura franquista, y que necesitaba un marco jurídico que reflejara la conquista de la libertad y la democracia.

Había que redactar una Carta Magna en consonancia con las democracias asentadas de nuestros vecinos del norte y dejar de ser la excepción en Europa. No fue fácil, y el tiempo trascurrido no debe hacernos minusvalorar el esfuerzo de una clase política con nula experiencia en la gestión de la cosa pública pero capaz de dejarse pelos en la gatera por lograr el bien general.

Pude colarme más días en el Congreso y el compañero me enviaba a los pasillos a ver si pillaba algo de los pactos logrados, a veces, tras fuertes discusiones en una esquina. Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón tenía una voz atiplada y era al que mejor se oía. De verbo fácil y florido, era un duro contrincante en la defensa de sus enmiendas y hacía falta un 'hombre bueno' como Jordi Solé Tura, templado y suave, para reconducir las negociaciones.

Cuando uno de los artículos o de los apartados no lograba los apoyos necesarios, el debate pasaba a otro nivel, y no era raro encontrarte en el Salón de los Pasos Perdidos al vicepresidente de Gobierno de Suárez, Fernando Abril Martorell, cuchicheando con Alfonso Guerra. Si el problema era con el Partido Comunista, Santiago Carrillo tenía siempre la última palabra.

Años después, ya como corresponsal parlamentaria, pude relatar el desarrollo de ese texto constitucional y las leyes que lo acompañaron. Prácticamente toda mi vida me he dedicado a la información política y puedo asegurar que aquella generación de políticos es irrepetible.
El relevo generacional no ha traído mejora alguna y la capacidad de los actuales dirigentes podría calificarse de pura vacuidad. El interés partidista prima por encima del general y la necesaria reforma de un texto que cumple cuarenta años es, ahora mismo, una quimera.