Está bien estudiado que en política, como en la vida, a cada acción le sucede una reacción. Porque todo lo que se hace tiene consecuencias. La crudeza de la crisis económica, alineada en el tiempo con los vergonzosos escándalos de corrupción, provocó que se ampliara a cuatro un sistema político de dos grandes partidos, que había sido estable desde la Transición. En el PP cabía toda la derecha, hasta lindar en el centro con el PSOE, en el que cabía casi toda la izquierda. Los extremos estaban, si se permite la expresión, domesticados dentro de los grandes partidos.

Pero la "casa común de la izquierda" que quiso ser el PSOE se desmembró a partir de 2015, cuando el sector más radical de sus votantes, más los de Izquierda Unida y los abstencionistas, encontraron acomodo en Podemos. Ese sector de la izquierda se apartó de la moderación propia de la socialdemocracia, y defendió sin complejos posturas más extremas de las que habían sido habituales hasta entonces. Y el proceso independentista catalán, con su virulencia gestual (y no solo gestual), se sumó a ese creciente cuestionamiento de las formas que habían sido tradicionales en la democracia española.

Ahora, llegados a las últimas semanas de 2018, podemos estar a punto de asistir al siguiente capítulo de esa singladura de un buen número de españoles hacia los extremos: el próximo domingo sabremos si, como auguran algunos sondeos, Vox consigue por primera vez representación institucional en el parlamento de Andalucía. Estaríamos, de ser así, ante la confirmación de que se da por expirado el pacto social y político que los españoles sellaron a finales de los años 70, y en el que apostaron por la centralidad con el objetivo de aislar a los extremos.

Las urnas conformaron a lo largo de los años un modelo por el cual se dejaba de lado a la extrema izquierda y a la extrema derecha, en el intento de no repetir aquellas situaciones que nos llevaron al desastre en los años 30. Y apostaron por partidos enfrentados, como PSOE y PP, pero, en general, moderados. Ese modelo sorteó circunstancias políticas y económicas complejas a lo largo de los años 80, 90 y la primera década del nuevo siglo. Pero el desgaste ha llegado, y ya no se sostiene. El Parlamento emite una imagen del país muy diferente a la de no hace tanto tiempo.

Ahora, millones de españoles votan a Podemos, la fuerza política que evita la moderación y que se reivindica a la izquierda del PSOE. Y Vox, partido que se vanagloria de estar a la derecha del PP, puede convertirse en la respuesta a Podemos y a los independentistas catalanes, con su entrada en las instituciones, si finalmente lo consigue. Quizá estemos cerca de ver cómo se cierra un círculo. Acción-reacción.