Uno de los empeños de los políticos en las campañas electorales es el de convencer a los electores de que su partido (cada uno el suyo) encarna la utilidad del voto. "Vóteme a mí, porque si apoya a otro estará usted desperdiciando su papeleta".

Cuando el bipartidismo saltó por los aires en 2015, Pedro Sánchez repitió en cada mitin que el único voto útil para que ganara la izquierda era el del PSOE. Pero los socialistas se hundieron, Podemos se convirtió en la tercera fuerza política y las elecciones las ganó el PP. En los comicios de 2016, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias compitieron por el voto útil. Ambos perdieron apoyos y gobernó Rajoy.

En las elecciones generales del pasado 28 de abril, la izquierda social ha elegido claramente al PSOE como el voto útil, dejando a Podemos como partido subalterno. Y mientras, desde el centro hacia la derecha, Ciudadanos, PP y Vox se han peleado por el voto útil y solo han conseguido instalarse en la oposición.

Ahora es el electorado del centroderecha el que tiene que decidir a qué partido considera más útil para sacar del poder a la izquierda. La opción definitiva no se conocerá hasta las próximas elecciones generales, sean cuando sean. Pero el 26 de mayo tendremos un primer indicio. Para ese día, los españoles que han apoyado a Pablo Casado, a Albert Rivera o a Santiago Abascal ya conocen el resultado que ha tenido la dispersión de sus votos. ¿Habrá votantes que se replanteen su decisión, una vez que la división del centroderecha ha dado el poder a Pedro Sánchez?

Será importante, por ejemplo, la reflexión del votante tradicional del PP. Tiene que preguntarse si considera que el voto útil sigue siendo el de siempre, o si apuesta a futuro por Ciudadanos. En 1982, los votantes de UCD se repartieron entre el PSOE de Felipe González y la Alianza Popular de Manuel Fraga. Dejaron de considerar a la Unión de Centro Democrático como un partido útil. El 26 de mayo y en elecciones posteriores sabremos si se produce una tendencia similar con el PP en beneficio de Ciudadanos, o si el PP recupera las fuerzas perdidas, y Ciudadanos y Vox quedan como fuerzas de acompañamiento, como ahora es Podemos para el PSOE.

La progresiva atomización política ha provocado un reparto de escaños que dificulta las investiduras, y que genera gobiernos débiles que, desde 2015, apenas duran unos cuantos meses. De hecho, se considera que el PSOE ha conseguido una gran victoria el 28 de abril y, sin embargo, nunca antes se ha presentado a la votación de investidura un candidato cuyo partido hubiera conseguido solo 123 escaños. Rajoy también obtuvo 123 escaños en 2015, y se negó a someterse a votación en el Congreso. Se atrevió a decirle no al rey.