Rajoy compareció como testigo en el juicio del caso Gürtel en los últimos días de julio, y ha comparecido ante el pleno del Congreso en los últimos días de agosto. Es su pesadilla. Pero, siendo así, el PP ha sabido aplicar la teoría del control de daños para colocar esos dos momentos de pasión en plena desconexión vacacional.

Rajoy, experto en el arte de la supervivencia política, ha salido de la sesión plenaria sacudiéndose el polvo levantado por la pelea parlamentaria (fumándose un puro, según versión de Joan Tardá), y a esta hora ya está de vuelta en Moncloa. Otro día en la oficina. Pero no consigue quitarse de encima la carga política de no explicar qué pasó con Gürtel, qué supo, cuándo lo supo, y qué hizo al respecto cuando lo supo, si es que hizo algo. Lejos de eso, el presidente acusa a la oposición de “celo inquisitorial”, cita a Lasa y Zabala, a Irán y Venezuela, y habla de sus victorias electorales como si fueran una exculpación judicial del escándalo. Rajoy, experto en el arte de la supervivencia política, ha salido de la sesión plenaria sacudiéndose el polvo

Enfrente, los socialistas se instalan en la bipolaridad de llamar el lunes a Rajoy para darle apoyo ente el referéndum de Cataluña y el miércoles exigirle la dimisión. Y empiezan a comprobar lo inconveniente que resulta que su líder no disponga de escaño. Esa ausencia de Pedro Sánchez la aprovecha con habilidad Pablo Iglesias para asumir el liderazgo parlamentario de la izquierda. Cuando, como esta vez, el jefe de Podemos hace de diputado, en vez de optar por la agitación y la propaganda, amplía su estatura política.

Y Albert Rivera navega entre destruir la imagen del PP y darle el voto a los presupuestos, concediéndole estabilidad parlamentaria.

Mientras, Rajoy sigue caminando con la pesada mochila de la corrupción a la espalda, pero pasa el tiempo y sus rivales, de momento, no pueden con él