El improbable referéndum en Cataluña

Vicente Vallés
Vicente Vallés
20 minutos

La democracia tiene sus procederes y sus ritmos. Y cada proceder y cada ritmo tiene su palabra oportuna. No siempre es fácil encontrar esa palabra en el momento procesal preciso. Ese es un buen baremo para calibrar la habilidad de los dirigentes políticos. Y Pedro Sánchez ha demostrado ser hábil. Mucho. Lo fue para ganar dos elecciones primarias en su partido. Lo fue para alcanzar La Moncloa mediante el método del da-igual-cómo.

Y ahora intenta que su instinto le permita obtener otra victoria tan improbable como las anteriores en el avispero catalán. Sánchez se ha unido con aparente determinación a la letanía independentista de que "el problema catalán se resuelve votando". La frase debería provocar el delirio en el mundo del secesionismo. Pero lo que propone el presidente es votar un nuevo estatuto de autonomía, y es ahí donde la libido soberanista, que tiende a expandirse cuando se habla de un referéndum, se viene abajo de golpe. El nuevo escenario de fin de curso sitúa, por tanto, a los independentistas y a Pedro Sánchez sentados en una mesa de negociación. Los independentistas, exigiendo lo suyo: un referéndum legal para irse. Enfrente, el presidente del Gobierno, con su mejor sonrisa, proponiendo votar un estatuto de autonomía.

Primer problema: la palabra 'autodeterminación' es un imposible legal. Segundo problema: la palabra 'autonomía' es anatema para los independentistas, porque lo que se espera de ellos es que den por superado el proceso autonómico. Ante tales circunstancias, lo que sí consiguen unos y otros es ganar tiempo, algo que a menudo es necesario en política. Ganan tiempo porque ni en un lado ni en el contrario saben ya cómo gestionar la situación. La estrategia se les ha convertido en un ovillo al que cuesta mucho encontrarle la otra punta. La dirección política de los independentistas mostró destreza para llevar a España hasta el límite con la convocatoria del referéndum ilegal, y con la gestión del caos judicial que ha venido después. Pero ahora ve cómo su lucha se ha estancado en una guerra de trincheras inamovibles y de tensiones internas, como se vio ayer en el parlamento catalán. Ni avanzan las tropas propias, ni avanzan las del enemigo.

Es el empate eterno, y aquí no hay tie-break. Un tiempo para la reflexión y la recuperación de fuerzas siempre es bienvenido. Y ese tiempo se lo ha dado Pedro Sánchez quien, a su vez, necesita tiempo para asentarse en el poder mediante la «normalización» del asunto catalán, y unas cuantas medidas cosméticas y simbólicas que calmen a los incómodos y ruidosos socios parlamentarios que tiene a su izquierda. Proponer, como hace Sánchez, un referéndum que difícilmente se celebrará es una manera de remar. ¿Para qué? Para seguir remando. En eso consiste.

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