"No somos marcianos, no sufrimos ningún trastorno". Carles Puigdemont se ha sentido en la necesidad de hacer esta aclaración ante sus compañeros del PDCat. Dicha en primera persona del plural, la frase puede tener sentido. No se puede considerar que todos los militantes del partido hayan entrado en una preocupante fase de marcianismo. Pero es pertinente preguntarse si la afirmación es razonable dicha en primera persona del singular, dedicada solo a quien la pronunció.

La fuga del expresidente de la Generalitat y su actitud desde entonces empiezan a tener el aroma de episodios peculiares como el protagonizado por Hiro Onoda, teniente del Ejército Imperial Japonés que ignoró el final de la Segunda Guerra Mundial y permaneció al frente de un pequeño grupo de soldados en los bosques de Filipinas, combatiendo a un enemigo que ya le había vencido. Onoda rechazó a lo largo de los años los avisos que le llegaban de que la guerra había terminado. Siempre pensó que el glorioso ejército de Japón mantenía a raya a las tropas americanas, y que el enemigo le pretendía engañar para que se rindiera. Y así permaneció casi tres décadas. Sus compañeros murieron con el paso del tiempo, y Onoda sólo aceptó volver a casa cuando quien había sido su superior durante la guerra se personó ante él, llevado ex profeso desde Japón, para darle la orden de deponer las armas. Triste destino el del teniente Onoda. Lo que a él le parecerá un acto heróico alargado en el tiempo para los demás será una situación casi cómica

Puigdemont fue el presidente de la Generalitat que a finales de octubre estuvo a punto de convocar elecciones en un rapto de lucidez. Y que no lo hizo por culpa de su pasión por Twitter: no soportaba ver su timeline lleno de tuits en los que los suyos le acusaban de traidor. También le abandonaron a su suerte personajes como Oriol Junqueras y Marta Rovira, que entonces no quisieron asumir el coste político de renunciar a la implementación de la república independiente, y que ahora hacen aparatosos llamamientos al realismo. Cosas veredes, amigo Sancho.

Asumir la realidad suele ser difícil para los extremistas que convierten los asuntos políticos en una cuestión personal. Puigdemont ha visto una enorme pared delante de sí, ha acelerado para estrellarse contra ella, y ya le queda poco para conseguir su objetivo.

Si se llega a confirmar su no investidura, el expresidente ya sólo será un vecino más de Bruselas. Un personaje irrelevante. Un soldado japonés que sigue sin enterarse de que su guerra ha terminado y que, además, la ha perdido. Lo que a él le parecerá un acto heroico alargado en el tiempo, para los demás será una situación casi cómica que, en el mejor de los casos resultará conmovedora. Puigdemont sabe que o es presidente o no es nada. Y está a punto de comprobarlo.