Los acontecimientos se desataron con rapidez y de forma inesperada. La sentencia del caso Gürtel sacudió las entrañas del PP de Rajoy, que ya estaban muy dañadas, Pedro Sánchez desplegó su instinto político con la agresividad propia de quien va a por todas (ganar o morir en el intento), y en cuestión de días se convirtió en presidente. Necesitó el apoyo de algunas fuerzas políticas cuya compañía resulta incómoda, pero Sánchez consideró que ese era un mal menor ante el resultado final de la hazaña.

Días después, su ejecutivo fue bautizado por los afines como «el gobierno bonito»: más mujeres que hombres, algunos profesionales conocidos, un astronauta, un escritor-presentador de televisión, y mucho aparato mediático. La operación se encontró a los pocos días con la dimisión del ministro de Cultura por mantener discrepancias con Hacienda. Pero el verano y las vacaciones permiten que determinados episodios alcancen el olvido con velocidad.

El gobierno bonito ha pasado ya a ser gobierno, a secas. Porque ahora hay que gobernar. Y nada menoscaba más la imagen de un presidente que los bandazos y los vaivenes. En la política americana esto tiene un nombre: flip-flopping. Es una onomatopeya que describe cómo hoy se dice A (flip), y mañana se dice lo contrario de A (flop) con la misma determinación con la que ayer se había dicho A (flip).

Con esa misma determinación se asegura que Franco será exhumado antes de que termine el mes de julio, y que tendrá que esperar hasta finales de año; que se «resignificará» el Valle de los Caídos, y que es imposible «resignificarlo»; que se acoge a los inmigrantes del Aquarius, a la vez que se expulsa en caliente a los que saltan la frontera de Ceuta; que no se defenderá al juez Llarena ante los tribunales belgas, y que se gastarán medio millón de euros en abogados para su defensa; que se subirá el impuesto al diésel, y que eso es un globo sonda. Y en este plan.

Llegados al mes de septiembre, el gobierno encara una preocupante desaceleración de la economía, cuyas consecuencias (malas o neutras) aún es difícil predecir. Pero ya hemos tenido el peor mes de agosto para el empleo desde hace diez años, y la mayor caída del turismo desde hace ocho. La situación en Cataluña estaba mal y tiende a empeorar. Nada de eso es responsabilidad directa o exclusiva de un gobierno que acaba de llegar al poder. Pero sí es ahora su responsabilidad gestionarlo. Y, si es posible, bien. Porque la excusa de que no puede hacer lo que quisiera debido a su debilidad parlamentaria es poco asumible, dado que no es un hecho sobrevenido de forma inesperada. Nadie obligó a Pedro Sánchez a presentar una moción de censura, ni a jurar su cargo como presidente del gobierno disponiendo solo de 84 escaños.