Allá por el lejano 1987, el joven Felipe de Borbón (tenía 19 años) entregó el Premio Príncipe de Asturias a Camilo José Cela. El escritor pronunció un discurso reconcentrado y con tintes de tutor real. "En España —y os lo digo, Alteza, porque sois joven y español— el que resiste, gana". Esta máxima ha sido aplicada en la política de nuestro país con una intensidad difícil de igualar. Y, a veces, con resultados catastróficos. Cristina Cifuentes es la última víctima política de esa obsesión por resistir a cualquier coste.

El escándalo del máster fantasma situó a la presidenta de la Comunidad de Madrid en una posición de intensa debilidad. Podía asumir su triste realidad. También podía ignorarla. Y optó por ignorarla, en una actitud que quizá resultara conmovedora para sus amigos, pero que era vista como un ejemplo patético por cualquiera que analizara la situación con una mínima ecuanimidad. Porque Cifuentes no tenía más opción que dimitir. Sin embargo, decidió llevar su resistencia al extremo, como otros políticos insensatos hicieron antes que ella hasta resultar triturados en la máquina de picar carne que, en ocasiones, es la vida pública.

Durante ese periodo, todavía desde la presidencia, deslizó alguna insinuación sobre el accidente de tráfico que a punto estuvo de costarle la vida. Esa experiencia personal de resistencia física y determinación anímica por sobrevivir parece haber condicionado sus decisiones políticas, porque vino a decir que, si haber estado al borde de la muerte no pudo con ella, tampoco sus enemigos podrían. Ni siquiera los enemigos internos, que suelen ser los más difíciles de gestionar. Y son muchos.

El PP de Madrid ha sido un nido de personajes indignos y, aún peor, peligrosos. Algunos de ellos saben que pasarán parte de sus vidas en prisión. Otros lo temen. Y hay quien no quiere sufrir ese trance sin antes darse el gusto de la venganza. Durante años, los responsables del partido no hicieron lo que debían. Su dejación los descalifica. Falta saber si ahora harán todo lo que deben.

Este miércoles, después de que se conociera la devastadora historia de sus cremas en el bolso, Cifuentes todavía insistía en decir que no había sido un robo, sino un error. Otra vez daba explicaciones que nadie iba a creer. Ya en el crepúsculo de su carrera política, parecía vanagloriarse de haber "aguantado mucho", cuando ese fue precisamente el peor de sus errores.

Terminó por reconocer: "La resistencia tiene un límite y he llegado a mi límite". La capacidad de resistencia puede ser una virtud en la vida, y lo puede ser también en la política. Lo importante es controlarse para aplicar con buen sentido la dosis precisa, porque si se pierde la medida, como con un medicamento, el resultado tiende a ser desastroso.