La crisis económica, los casos de corrupción y, quizá, el cansancio de tener siempre que elegir entre las mismas opciones políticas hicieron que muchos españoles se entusiasmaran en 2015 con la irrupción de dos nuevos partidos que ofrecían listas cargadas de juventud y promesas de renovación democrática. Incluso uno de ellos, Podemos, creyó estar en condiciones de 'asaltar el poder' porque, según Pablo Iglesias, existía "una ventana de oportunidad", gracias a los muchos problemas que tenían entonces el PP y el PSOE. El análisis de Iglesias, propio del profesor de Ciencias Políticas que es, estaba bien fundamentado, pero el asalto final no llegó. Lo que sí se consumó fue el final del sistema político de dos grandes partidos. El problema es que desde entonces, el sistema no ha terminado de asentarse bien. El bipartidismo no precisa de una cultura del pacto político, pero uno tan disperso y atomizado como el que ahora tenemos debería conllevar una normalización del acuerdo entre diferentes. Y eso no ha ocurrido.

La política española y, con ella, los españoles estamos sumidos en la cultura de la confrontación, no en la del pacto. Allá donde dos partidos grandes se suceden en el poder alternativamente, es normal que su relación política sea la del enfrentamiento democrático: yo gobierno y tú te opones, o tú gobiernas y yo me opongo, y solo llegamos a acuerdos en los grandes asuntos de Estado. Pero con cuatro partidos, o hay pactos o no se gobierna. Y, de momento, estamos más en lo segundo que en lo primero.

En los dieciséis meses que han pasado desde la investidura de Rajoy, el gobierno apenas ha presentado iniciativas legislativas. No lo hace porque tiene muy pocas opciones de que prosperen. PSOE, Podemos y Ciudadanos dijeron que serían capaces de gobernar desde el Congreso ante la minoría parlamentaria del PP. Pero hasta ahora han demostrado una mayor capacidad para destruir lo que no les gusta, que para construir lo que les gusta. Porque, en realidad, no tienen gustos similares. Los tres partidos de la oposición se oponen casi tanto ante el gobierno como entre sí. Y así discurre la legislatura.

Pero este semibloqueo político no es responsabilidad única de los partidos. Es decisión de los votantes, plasmada a través de las urnas. Los españoles hemos demostrado tener muy claro lo que no queremos, pero todavía no tenemos claro lo que queremos. No queremos mayorías absolutas, y eso obliga a pactar. Pero si pactan dos partidos con ideas contrapuestas, les acusamos de venderse al adversario porque han cedido en sus posturas en favor del acuerdo. Eso no ocurre en países del centro de Europa, por ejemplo. Allí son habituales los gobiernos de coalición, en los que hay que hacer grandes malabarismos políticos. Y no les va tan mal.