Ha llegado la hora. Después de más de cuatro décadas de democracia, políticos y ciudadanos deberían mentalizarse para lo que está por llegar. Y llegará muy pronto: lo más probable es que después de las próximas elecciones generales se forme un gobierno de coalición: dos o más partidos tendrán que ponerse de acuerdo para elegir a un presidente, repartirse los ministerios y, lo más importante, pactar un programa de gobierno que, inevitablemente, incorporará ideas de todos ellos. Eso significa que, también inevitablemente, todos los partidos que conformen ese gobierno tendrán que renunciar a muchas de sus promesas electorales.

Esto es una obviedad. Y, sin embargo, es algo que en España nunca se ha querido asumir. Sí hemos tenido y tenemos gobiernos de coalición locales y autonómicos. Pero la posibilidad de que esa fórmula se traslade al gobierno de la Nación ha sido vista tradicionalmente como una traición de los partidos hacia sus votantes; como si prescindir de una parte de tus ideas y de tus ofertas electorales por el bien mayor de formar gobierno supusiese una felonía. Mezclarse con otros que no piensan lo mismo está fuera de nuestra cultura política.

Pero la realidad se va a imponer. Y la realidad empieza a reflejarse en cada sondeo que se publica. Pueden diferenciarse unos de otros en si el partido más votado será el PP o Ciudadanos, o en si Podemos bajará mucho o poco, o en si el PSOE remonta o se estanca. En lo que no difieren es en que el partido que gane tendrá bastantes menos diputados de los que ahora tiene el PP. Y el PP tiene el menor número de escaños, 137 de 350, que nunca haya tenido un partido de gobierno en nuestra historia. Ya resultó milagroso que Rajoy consiguiera la investidura con esa exigua mayoría. Y más milagroso aún es que llegados a marzo de 2018 Rajoy siga en Moncloa. Pero rozaría lo ridículo pretender que un partido gobierne en solitario con 120 escaños o menos.

Hasta ahora, la rivalidad (en ocasiones, el odio) entre los partidos políticos, y a veces entre los seguidores de esos partidos políticos, ha limitado mucho las opciones de pactos poselectorales. Pero si esas tensiones no se relajan, gobernar se va a convertir en un objetivo imposible. En Alemania, los socialdemócratas se han tenido que entregar a la evidencia de que sin ellos no habría gobierno. Y han entrado en coalición con Angela Merkel, aunque en campaña prometieron no repetir la experiencia. En Italia habrá coalición o se repetirán las elecciones. Solo en Francia gobierna el, de momento, todopoderoso Emmanuel Macron. Tiene todo el poder en la presidencia de la República y en la Asamblea Nacional. Hoy, España está más cerca de Italia o de Alemania que de Francia. Conviene que políticos y ciudadanos empiecen a asumirlo, y relajen sus exigencias.