En algunos ámbitos políticos y periodísticos se ha considerado prudente elevar el juicio a los dirigentes independentistas del 1-0 al nivel del juicio a los responsables del 23-F. La comparación tiene su enjundia porque, de la misma manera que se equiparan los juicios, se podrían equiparar los motivos que provocaron ambos juicios. Nadie duda de que el 23-F fue un golpe de Estado fallido. Y hay muchos (no todos) que consideran al 1-0 lo mismo, aunque con otros fines y otros medios. Muy a menudo, la política se obsesiona con la terminología. Tiende más a construir relatos que a resolver problemas. Se empeña en ganar batallas dialécticas e imaginarias, mucho más que con la gestión de las cosas de comer.

Vivimos inmersos en disputas sobre si los dirigentes encarcelados son presos políticos o viceversa; sobre si Vox es de extrema derecha; sobre si Podemos es de extrema izquierda; sobre si Nicolás Maduro es un dictador; sobre si Juan Guaidó se autoproclamó presidente; sobre si Pedro Sánchez es un presidente legítimo; sobre si son galgos o son podencos. No se trata de discusiones baladíes, porque las palabras las carga el diablo. Pero nos hemos acostumbrado a gastar muchas energías debatiendo solo sobre palabras. Y nunca faltan. Ni tampoco falta ingenio.

El nuevo entretenimiento consiste en discutir sobre qué es un relator. En palabras de la vicepresidenta Carmen Calvo, "relator, o algo así". Alguien en Moncloa ha debido rebuscar con denuedo en el diccionario de la Real Academia Española hasta encontrar un término que no sea "mediador", para poder decir que el mediador no es un mediador, sino otra cosa: una especie de fedatario, notario, escribano, taquígrafo, facilitador, coordinador, secretario, amanuense, intermediario, copista, observador, calígrafo, carabina, asistente, mirón, oyente... El lector puede realizar sus propias aportaciones.

Pero ya hemos tenido la ocasión de aprender que no se trata de llamar a las cosas por su verdadero nombre. Se trata de resistir. Lo ha dejado claro el presidente del Gobierno al elegir el título de su libro entre millones de posibilidades. Pudo ser Manual de gobierno, o Manual de ideas para España. Pero ha elegido definirse a sí mismo: Manual de resistencia.

Y, mientras, la deriva política se alargará sin pausa y, más importante, sin solución. Ya dijo aquel famoso mosso d'esquadra que "la república no existe, idiota". Pero el problema sigue vivo, y no se ve el remedio. Porque no todos los problemas se pueden remediar. Hay asuntos respecto a los que, al no haber acuerdo posible que satisfaga a una inmensa mayoría, solo se puede aspirar a que queden congelados por un tiempo con la victoria de unos y la derrota de otros. Y en eso estamos.