Sigamos las enseñanzas de uno de los personajes del genial José Mota: si hay que ir a votar otra vez, se va; pero ir pa' na' es tontería. La duda está justificada, porque la experiencia reciente nos dice que las elecciones sirven para poco.

La tentación es culpar del bloqueo a los políticos. Y, sin duda, tienen su responsabilidad. Pero no toda. Los votantes también tenemos la nuestra, porque no les facilitamos el trabajo. Llevamos ya cuatro años sin un gobierno efectivo.

En 2015, los españoles nos habíamos cansado de tener solo dos partidos grandes, y metimos en el Parlamento a otros dos. En abril de 2019, cuatro nos parecieron pocos, y también Vox consiguió escaños. Y no desesperen, porque de cara al 10 de noviembre Íñigo Errejón podría lanzarse al ruedo con un sexto partido nacional para seguir troceando el Parlamento en pedazos cada vez más pequeños y débiles, y dificultar aún más la formación de gobierno. Show must go on [El espectáculo debe continuar].

La voluntad atomizadora de los votantes se complementa de forma virtuosa con el carácter temerario de los dirigentes políticos, en buena medida, dominados por un ego que son incapaces de controlar. Se han mostrado más preocupados por señalar al culpable de la ruptura, que por buscar un pacto que resuelva el problema. En España tendemos a equiparar la cesión con la rendición, como si fueran sinónimos, y con ese criterio resulta difícil acordar nada. Y, además, falta eso que los italianos, expertos en el arte del pacto, llaman finezza.

En sus memorias, Henry Kissinger cuenta cómo a principios de los años 70 negociaba en París con el enemigo al que tenía sentado al otro lado de la mesa: el dirigente norvietnamita Le Duc Tho. Una mañana, después de días de duras conversaciones para hacer la paz y terminar con la guerra de Vietnam, Le Duc Tho le dijo a Kissinger que Estados Unidos debía hacer «un gran esfuerzo». A cambio, el régimen comunista de Vietnam del Norte haría "un esfuerzo".

Kissinger le hizo ver la desproporción, a lo que Le Duc Tho respondió con agilidad que "ayer nosotros hicimos un gran esfuerzo y ustedes solo hicieron un esfuerzo. Así, hoy invertiremos el procedimiento: ustedes tienen que hacer un gran esfuerzo y nosotros solo haremos un esfuerzo". Finezza.

Los esfuerzos, las cesiones, están mal vistas en España, así por los políticos como por una parte de sus votantes. Y si la cesión es inasumible, se entiende con dificultad el empeño en votar cada vez a más partidos que, sin remedio, necesitarán negociar y ceder para gobernar. Se ve que España es un país alérgico al pacto. Pero, ¿quedará margen, aunque sea mínimo, para que se impongan la finezza, la cesión y el control de los egos?