El amor mueve montañas. Y el hartazgo (a veces el odio)  moviliza electorados. Millones de americanos han odiado con su voto para llevar a Donald Trump hasta la Casa Blanca. Millones de británicos mostraron el hartazgo con su voto para sacar al Reino Unido de la Unión Europea. El desprecio hacia el rival, caracterizado ya como enemigo, preside la decisión política de gentes comunes que antes buscaban en las urnas soluciones a sus necesidades, y que ahora sólo buscan venganza porque quizá han perdido toda esperanza: cuanto peor, mejor. Qué más me da… La venganza se ha instalado con fuerza en la política. Es un castigo a los otros, que sirve para redimir los males propios. Encontrar alguien a quien culpar de los problemas no los soluciona, pero elimina nuestro cargo de conciencia. Es un consuelo. La venganza se ha instalado con fuerza en la política

Ahora la política se hace, paradójicamente, con mensajes apolíticos. “Yo no soy un político”,  rugió Donald Trump en los mítines que dio el último día de campaña en uno de los cinco Estados en los que decidió cerrar su largo y exitoso camino hacia la presidencia. Como decía Franco: hágame caso, no se meta usted en política.

Que la mayoría de los votantes de Trump sean hombres trabajadores de clase media y baja describe con precisión el lugar al que se ha llegado: el votante arquetípico de la izquierda, apoya ahora a un multimillonario que representa el totalitarismo personalista, ególatra y posmoderno del siglo XXI. Ese mismo paradigma de hombre con estudios limitados y empleo mal pagado es el que antes apoyaba masivamente a partidos socialdemócratas o comunistas, y que ahora vota en Francia al Frente Popular de Marine Le Pen, o en el Reino Unido al Ukip de Nigel Farage. El lector encontrará sin esfuerzo en otros países ejemplos de partidos en una y otra esquina del cuadrilátero político que se han especializado en ofrecer soluciones inmediatas a problemas de curación lenta, improbable o incluso imposible. El lenguaje incendiario y simplón, como el papel, lo aguanta todo

Pero el lenguaje incendiario y simplón, como el papel, lo aguanta todo. Y el odio es aliado muy principal de esos remedios concluyentes que suelen ofrecer aquellos que predican sin medida, pero que aún están pendientes de ofrecer algo de trigo. Incluso Trump se ha permitido la ironía de mostrarse neokeynesiano en su primer discurso: promete hacer muchas obras públicas.

La estrategia de la antipolítica está logrando éxitos antes inimaginables frente a la maquinaria de los partidos tradicionales, elefantiásicos, carcomidos por la corrupción y poco capaces de convencer a la gente común de que trabajan para ellos. Quizá, porque primero trabajan para sí mismos y, sólo después, para la comunidad. Hoy, el mismo país que eligió presidente a Barack Obama ha entronizado a Donald Trump. El mundo se vuelve del revés.