Nací en 1978, como nuestra Constitución. El mismo año en que Carmen Conde se convertía en la primera mujer en ocupar una silla en la Real Academia Española de la lengua. Cuando un puñado de mujeres y hombres valientes tomaron Madrid para defender sus derechos, los de todos, los del colectivo LGTBI. Lo hacían esperanzados, con ganas de cambiar las cosas, soñando un mundo mejor. Queriendo educar las calles, hicieron suyas las reivindicaciones de todos convirtiendo Madrid en un espejo donde mirarse. Lacan, en su stade du miroir, situaba en el primer año de vida la capacidad de percibirnos, de aceptarnos y reconocernos. Lo que buscaban aquellos luchadores (en su primer año de vida) era que, por fin, nos aceptaran y reconocieran todos los que vivían en la mayor de las cegueras, en la ignominia de 40 años del silencio. Hoy queda mucho por hacer, pero mucho más se ha conseguido y España es un ejemplo de igualdad, de respeto y lucha.

Siempre he pensado que para ser de Madrid basta con haber elegido vivir aquí, un día o cientos. Hay madrileños con acento porteño o marroquí; madrileños catalanes; madrileños nacidos en Triana y madrileños que una vez nos soñaron en Honduras o Senegal. Hay quienes solo nos visitan, nos disfrutan y sienten; quienes nos buscan y nunca nos olvidan. Un mosaico donde cada tesela representa una historia, donde cada día es una oportunidad.

Quien viene a la Comunidad de Madrid lo hace atraído por una de las ofertas culturales más completas de Europa, por un Patrimonio que conecta el pasado con la vanguardia, que ha hecho suya la belleza inmutable de Complutum y las fórmulas del mañana tecnológico, el ayer clasicista de San Lorenzo de El Escorial con el desgarro de las telas de Picasso; por unos teatros que se llenan de sueños, de luz y muerte, de palabras y gestos que lo engrandecen todo. Y esa cultura es la que nos hace libres, mejores, la que nos convierte en ciudadanos más completos, contribuyendo como nada, como nadie, a propagar lo que es justo, lo que nos hace únicos y diferentes.

Quien viene a la Comunidad de Madrid lo hace convencido de que, sienta lo que sienta, no solo será respetado, sino que se convertirá en Madrid, en parte de su alma: la de las hayas centenarias de Montejo y el tañer de las campanas barrocas de las Mercedarias Descalzas, la de los lienzos de Velázquez, de Goya o el Greco, la de cada una de las calles, de las plazas y de los rincones que nos hacen únicos y que son nuestra playa. Una playa que se tiñe, más que nunca estos días, con los colores del arco iris, que son los colores de la igualdad, del derecho a ser lo que cada uno sienta y quiera ser.