No me llames cincuentona, llámame cincuentañera

LUCÍA ETXEBARRIA. PERIODISTA Y ESCRITORAOPINIÓN
Lucía Etxebarría. Periodista y escritora
Lucía Etxebarría. Periodista y escritora
20 minutos

Cuando ustedes lean este artículo yo ya habré cumplido cincuenta años. Hace apenas tres años me habría convertido de un día a otro en una cincuentona, pero ahora –oh, gracias, redactores de revistas de moda y responsables de estrategias de marketing–, tachán… ¡soy una cincuentañera!

Lo de cambiarnos el nombre es una estrategia de rebranding porque resulta que alguna compañía internacional de IMC (Integrated Marketing Communications, en cristiano: optimizar las estrategias de marketing y publicidad) ha descubierto que las mujeres de 50 somos un colectivo numeroso que crecerá en los próximos años, porque ya estamos llegando a esa edad las hijas del baby boom.

Y gastamos mucho, ojo, gastamos mucho. A los 50 años nuestros hijos ya son mayores, muchas nos hemos divorciado, a otras el marido no les hace ni puto caso y todas vivimos en una sociedad machista en la que la principal misión de la mujer es ser atractiva y deseable a cualquier edad. Nos sentimos solas. Nos dicen que tenemos que celebrar nuestra edad porque ya se sabe que cuando celebras, gastas. ¡Joder, somos un bombón para las marcas!

Nos pueden vender terapias hormonales, nutrición celular, cremas, ropa, aguas minerales, abonos de gimnasios, suavizantes de pelo… Todo lo que a ustedes se les ocurra. Eso sí, deben convencernos antes de que no somos unas señoras sino unas chicas estupendas que aún podemos follar con cualquier pipiolo a poco que nos gastemos un pastón en aparentar una edad que ya no tenemos frente a una edad que tememos.

¿Cómo se nos reconoce? La gran mayoría somos rubias, porque es mucho más fácil disimular las canas con un tinte rubio que con el que imite nuestro moreno original, que con ese se nos ven las raíces blancas. En general, llevamos melenas largas y cuidadas. Solemos ser delgadas, pero nuestro trabajo nos cuesta: sesiones interminables de spinning y dietas hiperproteicas para algunas, de zumos para otras. No tenemos arrugas, pero también nos cuesta un poco fruncir el entrecejo,  inconvenientes de haberse puesto bótox, ya se sabe.

En los restaurantes tenemos que sacar las gafas para leer la carta porque no vemos tres en un burro debido a la presbicia. Eso ha sido un regalo de la naturaleza: así, cuando nos levantamos, no nos tenemos que ver en el espejo sin maquillar y enfrentarnos a nuestras bolsas bajo los ojos, o a nuestra papada ligeramente flácida ya.

¿Dónde se nos encuentra? En Madrid, en el Gabana; en Barcelona, en el Magic (a mí no me encontráis allí, pero es que yo me acabo de incorporar, dadme un respiro), en innumerables discotecas, restaurantes, en viajes, en tiendas. Solemos ir en grupo, porque muchas nos hemos divorciado. Vamos vestidas con unos jeans muy ajustados y por alguna razón que se me escapa llevamos muchos collares (vale, yo no los llevo… aún).

Y tacones, tacones muy altos, que nos hacen un culo respingón que intentamos trabajar en el gimnasio y con lencería reforzante especial, pero cuya firmeza en realidad hace tiempo que perdimos. Si nos vieras por detrás, podrías confundirnos con nuestras hijas. De hecho, a mí más de una vez me han confundido con la mía.

Tacones, tacones muy altos, que nos hacen un culo respingónNo nos tome usted por cincuentonas, que esas son señoras que no les tienen miedo a las arrugas ni a los kilos de más ni al pelo enmarañado. Pero, ¿sabe usted? Resulta que si tecleo ‘cincuentonas’ en Google, todo lo que me sale son páginas porno.

Y es que las cincuentonas son un género. Que son una fantasía sexual de los jóvenes, y que siempre lo han sido. Que a muchos hombres jóvenes les gustan las mujeres maduras. Que hay clásicos inmortales como El graduado, La educación sentimental, Rojo y negro o En brazos de la mujer fetiche dedicados al tema.

Y que, si las cincuentañeras tuviéramos esto más claro, igual dejábamos de fundir la tarjeta de crédito en spinning, peluquería, bótox, jeans de diseño y noches en el Gabana, igual dejábamos de matarnos de hambre y de agotamiento y asumíamos con calma y con orgullo lo de ser... unas putas cincuentonas.

BIO Lucía Etxebarría es una escritora española, reconocida con los Premios Nadal en 1998 y Planeta en 2004 por Beatriz y los cuerpos celestes y Un milagro en equilibrio, respectivamente. Nació en 1966 en Valencia, aunque es madrileña de adopción y tiene orígenes vascos. Inició la actividad literaria escribiendo folletos de cámaras de vídeo -"un inmejorable ejercicio de redacción", como ha declarado- y colaborando en las revistas como Ruta 66 y Cosmopolitan, promocionando el flamenco y el rock para varias compañías discográficas y traduciendo relatos "porno". Su primera novela llegó en 1997, Amor, curiosidad, Prozac y dudas, considerado un libro rompedor por su lenguaje variado y lleno de hábiles giros lingüísticos y situacionales.

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