El monje de Silos al que no le gustaba el azúcar

CÉSAR JAVIER PALACIOS. PERIODISTA EXPERTO EN MEDIO AMBIENTE
El geógrafo, naturalista, escritor y periodista César Javier Palacios.
El geógrafo, naturalista, escritor y periodista César Javier Palacios.
CJP

En 1783, un sencillo monje benedictino de una remota aldea burgalesa concluyó la redacción del primer y único libro de su vida. No lo dedicó a rezos en latín ni a reflexiones sobre la vida contemplativa. Fray Isidoro Saracha era el boticario del monasterio de Santo Domingo de Silos y tenía preocupaciones más mundanas: no le gustaba el azúcar. En una de sus escasas salidas del convento visitó un hospital en Madrid y se quedó muy preocupado al ver el excesivo gasto de azúcar que se hacía con los enfermos. Triste "zumo purificado e inspirado de una sola caña", dirá despectivo, en lugar de ofrecerles salutífera miel; ésa que, aseguró Aristóteles,  quienes la desayunaban quedaban libres de enfermedades durante toda su larga vida.

Más de 230 años después de ser escrito (y olvidado), el trabajo ha sido por fin editado. ¿La razón? Es un tema de máxima actualidad. El ilustrado Padre Saracha era un avanzado de su tiempo al defender en el siglo XVIII lo que ahora en el siglo XXI estamos descubriendo. La importancia de llevar una alimentación sana y natural, al tiempo que reducir la ingesta excesiva de azúcar. Incluso fue más allá y en su librito el religioso alabó la mucha ciencia que había en los curanderos, guardianes en su opinión de unos conocimientos botánicos milenarios hasta entonces despreciados por médicos y farmacéuticos al estar considerados cosa de "rústicos, pastores y viejas". Su defensa de los remedios campesinos le hará concluir que "las cosas naturales llevan conocidas ventajas a las que prepara el artificio". Una afirmación que suscriben hoy los miles de consumidores habituales de herbolarios y productos ecológicos.

Porque ahora sí que se nos va la mano con el azúcar. Tan solo en los últimos 50 años su consumo se ha triplicado a la sombra de la bollería industrial, las bebidas refrescantes, los helados y ese azúcar oculto en alimentos tan aparentemente alejados de lo dulce como pizzas, pepinillos o pimientos. Hasta nos pasamos con el consumo de edulcorantes, tanto el denostado aspartamo como la supuesta pero igualmente procesada stevia (en realidad concentrado de glucósido de esteviol), cuando lo sano es apostar por la miel, siempre en pequeñas cantidades.

Pero con lo que el ilustre benedictino no contaba era con que nos fuéramos a quedar sin abejas. Porque se están extinguiendo. Y no sólo las de la miel, sino la mayoría de las más de 20.000 especies diferentes de abejas existentes en el Planeta; un millar de ellas sólo en España. La razón de su desaparición es tan compleja como conocida. Los campos cada vez están más industrializados, sin prados ni tristes linderos donde puedan crecer flores silvestres, regados por venenosos cócteles de herbicidas y fertilizantes, con atmósferas irrespirables, en entornos cada vez más ruidosos, asfixiantes. Hemos traído nuevas enfermedades de lugares remotos, como la varroasis, y nuevos enemigos invasores como la terrible avispa asiática, capaz de matar decenas de miles de abejas en una semana. Por no hablar de transgénicos, antibióticos y un imparable cambio climático responsable de la tropicalización árida de las cada día más resecas campiñas. Todo al final se ha ido añadiendo a una interminable lista de problemas donde los delicados insectos tienen todas las de perder. Y nosotros con ellos.

El problema no es sólo para quienes nos confesamos fanáticos de la miel. El problema es para la agricultura. Sin abejas no hay paraíso alimentario. La abeja melífera es el principal responsable de la polinización entomófila de las plantas cultivadas, y su escasez supone una menor producción de semillas viables. Seguiremos teniendo fruta y vegetales, pero la rentabilidad de estos cultivos descenderá.

Así que, pensándolo bien, el libro del monje Saracha llega tarde. Nos hemos hecho adictos al azúcar, y al exterminar las abejas no tendremos el consuelo de quedarnos al menos con su miel en los labios.

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