El grito, la libertad y los estudiantes

CARLOS SANTOS. PERIODISTA
Carlos Santos, colaborador de 20minutos.
Carlos Santos, colaborador de 20minutos.
JORGE PARÍS

La primera a vez que reventaron un acto público a Felipe González fue en la universidad autónoma de Madrid en 1993. La última vez  fue en esa misma universidad, el miércoles pasado. En 1993 González era presidente del Gobierno y los protagonistas del boicot, que no llegó a consumarse, eran simpatizantes del aznarismo emergente trufados con ultras de extrema derecha. La semana pasada quienes montaron el pollo eran simpatizantes del podemismo emergente, trufados con elementos antisistema. No seré yo quien censure a nadie por ejercer a grito pelado la libertad de expresión, todo lo contrario: el grito es la máxima expresión de esa libertad y si hay que gritar, se grita. Otra cosa es que quien ejerce a gritos su libertad impida al prójimo ejercer la suya. Mal asunto. Pésimo, si ocurre en ese hábitat natural del pensamiento que es la universidad. Conforta saber que los estudiantes que se quedaron con ganas de escuchar a González eran más que los que reventaron el acto, pero inquieta pensar que determinadas conductas empequeñecen la democracia, que entre otras cosas consiste en ir donde tú quieres sin que nadie te lo impida, y apena advertir el escaso aprecio que algunos profesan a un personaje histórico de la talla de Felipe González.

Dicho eso, quienes señalan a Podemos como responsable del escrache, además de pedir cuentas por la -inaceptable- violencia deberían preguntarse por qué Podemos  tiene predicamento entre unos universitarios que antaño formaban parte del electorado natural del PSOE. Descubrirían que viene de lejos, de la última etapa del felipismo. En la primera, los socialistas mimaban a los estudiantes, conscientes de que estaban entre los elementos más dinámicos de la sociedad y quien logra la simpatía de un joven a poco que se espabile la conserva para siempre. El secreto de ese fenómeno lúdico, político y cultural que llamaban la ‘Movida’, en los años 80, era ése: desde las administraciones públicas, gobernadas por el PSOE, apoyaban las iniciativas de los jóvenes, consideradas como un elemento más de la cultura. Claro, que estamos hablando del Pleistoceno, cuando los poderes públicos entendían que entre sus obligaciones estaba apoyar la cultura y los partidos entendían que para tener votos hay que trabajárselos.

Todo eso fue desapareciendo a medida que envejecían los políticos  en los cargos, se oxidaba la maquinaria de los partidos y se corrompía la del sistema. Y así llegamos a la crisis económica y la gravísima crisis social que han sufrido y sufren todas las familias de España. Entre las clamorosas muestras de falta de sensibilidad ante el dolor real de los ciudadanos que dieron los partidos clásicos, propiciando la aparición de los emergentes, estaba la ausencia de sensibilidad hacia los jóvenes: una generación entera, la mejor preparada de la Historia, se ha quedado fuera del mercado de trabajo y de un discurso político en el que no se habla de personas sino de cifras.

Es uno de los debates que tiene pendientes el PSOE y quienes aspiran a liderarlo: volver a conectar con los sectores más dinámicos de la sociedad y, en particular, con los jóvenes. Era penoso ver la semana pasada, en vísperas del comité federal, a dirigentes como Eduardo Madina o Susana Díaz esquivando la palabra abstención; les pasaba como a Zapatero con la palabra crisis y a Rajoy con la palabra Bárcenas. Pero lo malo no es que eludan esa palabra o la pronuncien con la boca pequeña, lo malo es que llevan años hablando con la boca pequeña de asuntos tales como los compromisos europeos, el problema territorial, las esquizofrénicas relaciones con Podemos o la recuperación del voto de unos jóvenes que están cada vez más lejos mientras el electorado socialista, como el del PP, envejece. Se lo tendrá que hacer mirar el PSOE si quiere volver a ser alternativa de progreso y quiere que a sus líderes –más difícil todavía- les aplaudan en las universidades.

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