Abordar la inclusión social de las personas con discapacidad en la sociedad, en su conjunto, es cambiar la mirada, es superar el tiempo del paternalismo y la caridad, es abrir una etapa de igualdad de oportunidades, no discriminación y respeto. Es aparcar definitivamente una visión segregadora y capacitista, es mirar hacia el único elemento común en las personas: su dignidad como seres humanos.

Persisten aún profundas contradicciones en el tratamiento social otorgado a las personas con discapacidad, contradicciones que constituyen una muestra de diferentes visiones, actitudes y, en esencia, marcan la imagen que se tiene de las personas a las que se dedica este 3 de diciembre.

Aún a día de hoy existen creencias, más o menos instauradas, que consideran que la discapacidad es una carga para la sociedad; afortunadamente, esas ideas que contemplan que las personas con discapacidad son algo prescindible van desapareciendo. Y desaparecen para dar paso a actitudes abiertas y respetuosas con la diversidad humana.

La realidad, sin embargo, es que las personas con discapacidad siguen discriminadas y olvidadas, no por cuestiones relacionadas con su particularidad sino debido a la falta de esos mismos valores citados unas líneas arriba: visión inclusiva, igualdad de oportunidades, no discriminación y respeto.

La esencia de la discriminación se produce por la dificultad para acceder a los servicios o a las instalaciones que proveen esos servicios, porque no hay medios para comunicarse o por la imposibilidad de acceder a los centros de atención. Pero la mayor discriminación es un obstáculo invisible: el estigma. Existe una creencia extendida que dictamina que las personas con discapacidad no tienen que estar compartiendo espacios con otras personas sin discapacidad, sino que tendrían que ocupar espacios segregados, distintos, especiales y separados.

Las personas con discapacidad no están enfermas. No son pacientes. Parece fácil decirlo, pero en el imaginario de la población, incluso de los representantes políticos, persiste esa idea de salud deteriorada asociada a la discapacidad.

El reto fundamental, por tanto, consiste en enfocar el valor de la diversidad humana, en no sentirnos incómodos con esa diversidad que tanto puede llegar a enriquecernos. Las personas con discapacidad son una parte esencial de ese proceso.

En definitiva, se trata de valorar la diversidad y no tratar de corregirla ni esconderla. Solo avanzaremos como sociedad si la inclusión social, la igualdad de oportunidades, la no discriminación y el respeto a la dignidad de las personas con discapacidad se convierten no tanto en un anhelo, sino en una fortaleza común.