De verano, de invierno, prenavideñas –bajo la marca del Black Friday o ‘viernes negro’–, presenciales u online..., la vorágine consumista no da tregua. Da igual que vomitemos excesos navideños por las orejas o que estemos pendientes aún de devolver los muchos cachivaches inútiles con los que amigos y familiares nos han obsequiado estas pasadas fiestas. Nos es indiferente.

Repetimos a voz en grito (pero no interiorizamos) que tenemos de todo, que no necesitamos de nada... pero el pistoletazo oficial a las rebajas que dieron ayer algunos de los más prestigiosos y conocidos centros comerciales nos volvió a poner en carrera. En esa marcha frenética e incomprensible por hacernos con la ganga del día. Y cuanto más ganga, mejor. Aunque semejante hallazgo esté destinado a no salir jamás del armario o a terminar la próxima temporada en alguna de las voluntariosas bolsas que entregaremos a la ONG de turno a fin de adelgazar nuestros armarios de todo aquello inservible e impoluto que nos permitirá poder volver a llenarlos de nuevo.

Sin negar el impacto positivo que en el empleo y el consumo tienen semejantes efemérides, conviene quizá someternos a un examen previo, no vaya a ser la cosa que pequemos del mal compulsivo del consumo.

Es posible/probable que el vástago (a pesar del estirón) no necesite semejante fondo de armario –que ni los royals patrios–, más aún con la visita de sus Majestades de Oriente tan reciente. Y la economía familiar agradecerá, sin duda, que el acariciado sueño del último modelo de teléfono que roza los 1.300 euros siga siendo eso... un sueño, a pesar del tentador descuento aplicado con motivo de estas señaladas fechas. Que como ya lo apuntaba Calderón: «Los sueños, sueños son».

Vive el ser humano inmerso en la contradicción permanente, lo que nos hace reos propiciatorios de las campañas de consumo. Por si no han sido suficiente los continuos y machacones mensajes con los que nos han bombardeado hasta hace unos días –relojes, manjares, viajes, perfumes, electrodomésticos...–, ahora nos autoconvencemos de lo mucho que aún necesitamos. Y a precios inmejorables. No está de más un repaso a la pirámide de necesidades que estableció Maslow y a su teoría de la motivación. Y mientras el sentido común regresa a los bolsillos y a las cabezas, solo me queda felicitar a los que las rebajas traerán un temporal y precario contrato. Algo es algo. ¿O no?