"¡El pico también es para el tercero!", exclamaste ufano hace unos días al término de la carrera colombiana Oro y Paz. Tus palabras tenían una destinataria clara: la azafata que en el podio acompañaba a los triunfadores, y tú habías quedado tercero. Un tercer puesto que sumar a un palmarés nada despreciable. Fuiste segundo en el pasado Tour de Francia y en 2013 y 2014 lograste el mismo puesto en el Giro de Italia.

A tus 31 años eres un referente del deporte –será así–, pero en absoluto encarnas los valores grandiosos de sus disciplinas: respeto al rival o contrario. En tu caso, ni siquiera respeto a ese otro 50% con el que convives en el mundo: las mujeres.

La azorada azafata a la que te dirigías se vio urgida, obligada, conminada y forzada –sí, por mal que nos suene el término– a satisfacer tu petición: besarte. Pensarán muchos que, a fin de cuentas, la muchacha está allí para eso. Para celebrar tu triunfo, el tuyo y el de muchos otros.

Miserable conducta la de forzar, exigir o racanear un beso. Más aún cuando quien debe darlo o brindarlo evidencia no querer ni estar dispuesta a ello. Circula ya en las redes sociales el momento en el que la invitas a besuquearte. Con un gesto, además, despectivo y poco amable. Como la que está obligada. La que está allí para eso, no para nada más.

Pero mi carta no solo va dirigida a ti –que has quedado retratado tal cual eres–, sino a todos aquellos hombres que me rodean (compañeros de trabajo, familiares, vecinos, amigos o amantes) que justifican, entienden, dulcifican y minimizan tu comportamiento y actos.

No lo invento yo ni es nada nuevo bajo el sol. El que calla otorga dice nuestro refranero. El silente es cómplice, en este y en todos los maltratos. En esta y en todas las situaciones injustas. En esta y en todas las vejaciones que los más débiles sufren a lo largo y ancho del planeta.

Es vital que los hombres como género se involucren en la defensa de la causa común de las mujeres. No hablo ni siquiera de feminismo. No. Hablo de igualdad.

A todos vosotros. A los que justificáis lo injustificable. A los que restáis importancia a comportamientos indecentes. A los que evitáis pronunciaros mirando para otro lado o usando la broma fácil para distender el ambiente crispado. Si no os sumáis a esta lucha..., no podremos lograrlo solas. Porque queráis o no..., sois esposos de esposas, padres de hijas; abuelos de nietas; novios de novias y el abuso que todas ellas padecen como género no puede resultaros indiferente. Confío en ello.