Nuestra identidad en 'blockchain'

ROSALÍA LLORET. PERIODISTA Y EXPERTA DIGITAL
Rosalía Lloret, periodista.
Rosalía Lloret, periodista.
JORGE PARÍS

Una de las pinceladas más interesantes de la deslumbrante distopía de Blade Runner, que además se convierte en el tema principal de su recién estrenada secuela (no se alteren, no pienso destripar la peli), es la memoria y la identidad como elementos fundacionales del ser humano. En la majestuosa primera parte de Ridley Scott nos cuentan cómo a los 'replicantes' (seres creados por ingeniería genética) más avanzados se les implantan recuerdos de una niñez que nunca existió para que desarrollen un comportamiento y emociones humanas. Y en la segunda presenciamos hasta qué punto estas memorias artificiales construyen su supuesta alma e influyen en su existencia.

La implantación de memorias es un hecho habitual que no requiere de gran tecnología, y no hablamos solo de los aderezos de la historia a los que las naciones parecen cada vez más adictas. Casi todos nosotros hemos interiorizado recuerdos de la niñez a partir de historias repetidas por familiares y amigos, o de imágenes recurrentes en la televisión, hasta estar convencidos de que eran nuestros propios recuerdos. Hay ocasiones, incluso, en que las memorias implantadas terminan inventando situaciones que nunca existieron, como la gente que insiste en aquella historia falsa de un programa de Antena 3 con Ricky Martin, una chica, un tarro de mermelada y un perro; o los miles de personas que aseguran recordar la muerte de Nelson Mandela en la cárcel, una situación que jamás tuvo lugar —ya que el líder sudafricano murió bastante después de salir de prisión— y que ha dado nombre a este síndrome: el Efecto Mandela.

Nuestra identidad y memoria nos convierten en humanos y ciudadanos, pero no son archivos inquebrantables. Hasta ahora dependemos de nuestro —a veces débil— cerebro y de las estructuras del estado en el que vivimos. No hace falta un hipotético 'apagón' mundial como el que fabula Blade Runner 2049 para que perdamos toda pista de nuestra identidad. Alrededor de 2.400 millones de personas en todo el mundo hoy (incluyendo a uno de cada tres niños de menos de cinco años) no tienen identidad 'oficial'. Su nacimiento —casi siempre en países pobres, desestructurados y sin apenas infraestructuras— no ha sido registrado. Y, por ello, no son capaces siquiera de demostrar quiénes son, lo que los excluye de todo tipo de derechos vinculados a la ciudadanía, como la propiedad, los servicios sociales o incluso la libertad de circulación. Un gravísimo problema a cuya solución se consagra el Objetivo nº 16 de las Naciones Unidas.

Desde hace pocos años, proyectos como el de la teleco Tigo con el Gobierno de Tanzania y Unicef pretenden facilitar la identificación y la ciudadanía oficial de los recién nacidos gracias a los teléfonos móviles. Las oficinas de registro de nacimientos son muy pocas en Tanzania, y casi inaccesibles para muchas familias, pero un 99% sí tiene acceso a pequeños centros de salud repartidos por todo el territorio donde vacunan —y ahora también registran— a sus pequeños. Solo en 2017 se han registrado —es decir, han pasado a 'existir' oficialmente— nada menos que 900.000 niños, y se espera registrar otros 500.000 más en lo que queda de año gracias a ese proyecto.

El siguiente paso para consolidar nuestra identidad, proponen algunos expertos, debería ser la posibilidad de consignar no solo nuestro nacimiento, sino también otros certificados o transacciones relevantes de nuestra vida ciudadana en un registro digital inmutable y más fácil de verificar en cualquier momento sin necesidad de llevar todos los papeles en la mano. Para ello, plantean el uso de la tecnología blockchain (la misma usada por la criptomoneda Bitcoin): un sistema descentralizado de registro electrónico, a prueba de hackers, que ya experimentan en Estonia o Illinois. Un registro blockchain pondría en manos de los ciudadanos la capacidad de acceder a sus datos privados de una forma más sencilla y segura. En definitiva, de gestionar su propia memoria.

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