No estamos acostumbrados a ver a las grandes empresas de tecnología reclamar mayor regulación (normalmente se quejan de todo lo contrario), pero las nuevas fronteras que se están alcanzando en los últimos años parecen haber asustado a algunos de sus máximos representantes. Si hace un año escuchábamos a Elon Musk, el enfant terrible del Silicon Valley que promete coches autónomos y viajes a Marte, reclamar un control del uso de la inteligencia artificial en la industria de armamento; este mismo verano nos hemos despachado con el presidente de Microsoft, Brad Smith, pidiendo al gobierno la regulación de la tecnología de reconocimiento facial.

Si alguna vez ha recibido una sugerencia de Facebook para etiquetar la fotografía de un conocido, ya ha visto la tecnología de reconocimiento facial en acción. Casi siempre, como explica Brad Smith, se usa para facilitarnos la vida, para ayudarnos a encontrar amigos o familiares, o como método seguro para un pago electrónico. Pero esa misma tecnología también está siendo utilizada por empresas y gobiernos para identificar a sospechosos, como en el tiroteo en un periódico de EE UU el pasado junio, por ejemplo. Un uso que, sumado a la proliferación de cámaras en espacios públicos y la exponencial mejora de la inteligencia artificial, nos puede acercar a distopías como Minority Report o 1984.

La preocupación de Microsoft puede explicarse en parte por el escándalo que provocó su contrato con las Autoridades de Inmigración de EE UU (las mismas que separaban niños de sus padres en Tejas), a pesar de que el contrato de la compañía de Seattle solo se refería a las herramientas de ofimática de esta institución estatal y no a sistemas de reconocimiento facial. Pero independientemente de las motivaciones, la propuesta merece toda nuestra atención.