La Real Academia de los Emoji no toma vino

ROSALÍA LLORET. PERIODISTA Y EXPERTA DIGITAL
Emojis.
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He de confesar que me fascina escribir sobre los emoji. No es la primera vez que lo hago, también en este periódico, ni creo que sea la última. Y aunque parezca que me refugio en la frivolidad ante la intensidad de telenovela en que se ha convertido la actualidad española, quiero reivindicar la relevancia creciente de este nuevo lenguaje digital y universal.

Una de las últimas fuentes de controversia, cachondeo y reflexión a partes iguales ha sido el rechazo por segunda vez del emoji 'Vino blanco' –como variante de la copa de 'Vino tinto' existente– por parte del Comité Técnico de Unicode: una especie de Real Academia de la Lengua Emoji internacional que se encarga de aprobar los nuevos emoticonos y de asegurar su estandarización para que se vean correctamente en cualquier dispositivo y sistema operativo del mundo.

La decisión de los expertos de Unicode (mayoritariamente ingenieros representantes de las grandes empresas tecnológicas) ha irritado a los defensores de la campaña #WhiteWineEmoji, que amenazan con seguir a la carga con su petición de iconos diferenciados para vino blanco y rosado.

A cambio, los más fundamentalistas del mundo emoji han respirado satisfechos. Aceptar variantes en el vino, dicen, abriría el melón de las opciones en otras decenas de emoji, haciendo más inmanejable su navegación. Y, lo que es aún más trascendental para el debate lingüístico, esta aceptación profundizaría en la deriva de los emoticonos de su función inicial como mero complemento al texto digital para añadir emociones (ironía, tristeza, alegría...), a un lenguaje ideográfico pleno que ambiciona describir toda la realidad y bastarse a sí mismo. Algunos ya lo ven así: entre ellos, los 800 participantes en la traducción completa de Moby Dick al emoji. Esto no ha hecho más que empezar.

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