Ríanse ustedes de las tres horas y media de la gala de los Goya el pasado sábado. La Super Bowl –ese cóctel superlativo de fútbol americano, show musical, publicidad televisiva millonaria y fuegos artificiales– duró más de cuatro horas en la madrugada del domingo al lunes. Y según unos cuantos de sus 100 millones de telespectadores, probablemente fue la más aburrida de la historia.

Para empezar, porque el juego superdefensivo en el choque entre los New England Patriots y Los Angeles Rams dio como resultado la puntuación más baja de las 53 ediciones de la Super Bowl. Apenas un 13 a 3 a favor de los Patriots.

Y, para seguir, porque el otro gran hito de cada Super Bowl, el espectáculo musical en el descanso (halftime show) resultó ser tan plúmbeo como el del fútbol. En esta ocasión le tocó el turno a la banda californiana Maroon 5, que –frente a las pasadas actuaciones bomba de estrellas como Katy Perry, Prince, Beyoncé, Lady Gaga o Madonna– ni destacó por su voz, ni por la energía en el escenario ni por una puesta en escena sorprendente.

La actuación de Maroon 5 tan solo se salvó del puro olvido por el repentino topless de su líder, Adam Levine (al parecer las normas relativas a pezones no le afectan...), y por la reaparición en la Super Bowl de los bonitos drones de luz de Intel para escribir "One" y "Love" en el aire.

Con un extra: a diferencia del halftime show de Lady Gaga en 2017, en el que se tuvo que pregrabar el numerito de los drones debido a que el estadio de Houston era abierto y las autoridades no permitieron su sobrevuelo durante el partido, las 150 'linternas flotantes' de este año actuaron en vivo y en directo, dado que el estadio de Atlanta es cerrado y pudieron controlarse por tecnología inalámbrica, más segura que el GPS.