Algoritmo de mi vida

ROSALÍA LLORET. PERIODISTA Y EXPERTA DIGITAL
Rosalía Lloret, periodista.
Rosalía Lloret, periodista.
JORGE PARÍS

Hace dos semanas, un algoritmo ‘malévolo’ saltaba a las noticias: la UEFA seleccionaba el ‘once ideal’ de entre todos los jugadores que participan en la Eurocopa y, oh sorpresa, Andrés Iniesta, que hasta entonces había jugado maravillosamente, e incluso había sido nombrado el jugador más valioso (MVP) en los partidos contra la República Checa y Turquía, no aparecía en la lista. El clamor fue generalizado entre los medios deportivos españoles y las redes sociales. Por aquel entonces todavía sacábamos pecho por la selección española en la Eurocopa y aún más por el gran jugador manchego que nos dio un Mundial.

La UEFA defendió la objetividad del rating desde su página web: “El Barómetro de Jugadores de la UEFA EURO 2016 mide el estado de forma de los jugadores antes y durante el torneo (…) a través de un algoritmo especialmente diseñado para crear clasificaciones (...) que ha tenido en cuenta las actuaciones de los futbolistas tanto con sus clubes como con sus selecciones desde el 1 de enero de 2016”. De modo que no se trataba de ningún ‘jurado’ de la UEFA, sino de un algoritmo automático. Punto en boca.

Lo ‘bueno’ de los algoritmos, cada día más presentes en la tecnología y nuestras vidas, es que su automatismo y sofisticación ofrecen un aura de objetividad que desactiva cualquier queja. Pero lo cierto es que tampoco se puede decir que sean completamente ‘imparciales’. Los algoritmos -cuyo nombre procede del matemático persa del siglo VIII al-Jwārizmī o Aljuarismi- consisten en una serie más o menos larga de instrucciones o factores que han de ser seleccionados por un humano y en el que el peso de cada factor en la ecuación final depende también de la decisión de su creador. Algo así como los ingredientes de una receta cuya presencia y cantidad está en manos de cada chef.

De hecho, el de la UEFA no ha sido el primer algoritmo polémico. Uno de los que conocemos de hace más tiempo es el que aplica Google en su famoso buscador para posicionar unas webs por encima de otras en los resultados de búsqueda. El algoritmo de Google tiene en cuenta una larga lista de factores, desde la popularidad o la actualización de un site, a las veces y el tamaño en el que aparece la palabra clave buscada por el usuario, o el contexto del usuario que busca (la ciudad donde vive o el dispositivo a través del cual accede, por ejemplo).

Se trata de intentar acertar con la web o webs más adecuadas dentro de los millones y millones que pueblan la red, algo que sin un algoritmo así resultaría casi imposible. Pero en el camino, muchos quedan atrás, lo que ha llevado a innumerables polémicas sobre los factores que más pesan en la fórmula y, de paso, a la proliferación de expertos que se encargan de ‘mejorar’ el posicionamiento de las webs: los famosos SEO (Search Engine Optimization).

Más adelante llegó a nuestras vidas el algoritmo de Facebook, que selecciona las publicaciones que aparecen en nuestro perfil a partir de nuestra navegación, gustos y ‘amigos’, y que últimamente -por ejemplo- da más preeminencia a las publicaciones con video, empujando a cada vez más medios en el mundo a este formato y dejando bastante menos contentos a los demás. O el de Twitter, que recientemente cambió su clásico timeline cronográfico por otro en el que también pesan los intereses del usuario.

Cada uno de ellos propone una receta algorítmica exclusiva, una fórmula magistral que, con solo el retoque de un ingrediente, puede hacer ascender a los cielos a miles de webs o desaparecer a otras. Y que configuran lo que leen y ven millones de personas, afectando incluso a su comportamiento (como demostró el polémico experimento de Facebook con 700.000 usuarios a los que logró hacer más felices o tristes según el tipo de noticias publicadas en su perfil) o provocando ‘burbujas ideológicas’ en las que solo tenemos contacto con personas y opiniones que nos gustan.

Aunque nada tan ‘resbaladizo’ como los algoritmos que usan ya algunos bancos, aseguradoras o responsables de recursos humanos para -tomando los datos de nuestras compras, amigos, CV, etc- intentar predecir nuestra capacidad para devolver un préstamo, chocar nuestro scooter o prosperar en nuestro puesto de trabajo. Esperemos que acierten con los ingredientes de la receta.

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