• Los usuarios nos envían sus relatos, como el de esta lectora, que publicamos aquí.
  • Jessica Gómez ha compartido este verano en 20minutos semanalmente sus relatos, como La chica del bañador verde, un éxito con el que batió récords en Facebook.

Calor. Demasiado calor. Y estamos en Ávila, en este pequeño rincón castellano en el que presumimos de que para las fiestas de San Bartolomé tenemos que salir ya en manga larga a la calle porque refresca. No me quiero imaginar cómo lo estarán pasando en la capital.

Aquí los veranos siguen llevando tu sello. La tía Ana, a base de ganar todos los años el concurso popular de literatura, se está encargando de que en cada librillo de las fiestas patronales aparezca un relato suyo. O tuyo, porque en todos los que ha escrito se puede leer tu nombre entre algunas de sus líneas. El tío Fernando suele venir aunque sea un día en fiestas con toda la familia. Siempre se pasa a verte, y se esmera mucho en que sigas presente en los días de Jimena y Fernandito. Ojalá pudieras verlos…

Los que han dejado de venir tanto como antes han sido Javi y Pedro, pero es algo normal. A pesar de ello, el tiempo se ha permitido dar un pasito hacia atrás y ahora es Alejandro quien está disfrutando de los años adolescentes en San Bartolo. Cualquiera que conozca esta tierra de pinares sabe de lo que hablo.

En Palma de Mallorca tampoco se quedan atrás a la hora de recordarte. Las primas te llevan escrita en la piel, y sus tatuajes lo demuestran.

Papá tiene su particular forma de echarte de menos, ya lo sabes. En eso Elena se parece mucho a él. Creo que prefieren hacerlo en silencio porque así es como te rinden su mejor homenaje. Y no te imaginas cuánto lo hacen.

Calor. Demasiado calor. Aunque lo cierto es que a estas alturas de agosto es de agradecer que el verano luche aún por estirarse unos días más. Parece que no quiere irse este año. Parece que le cuesta despedirse.

Lo mismo me pasa a mí. Y me costará siempre.

Me cuesta porque desde que lo he hecho no reconozco tu tierra. Parece que le faltaran letras a su nombre

Como cuando era niña y lloraba por tener que decir “hasta otro año” desde la ventanilla del coche de vuelta a Madrid, porque parecía que ese año fuera a tardar siglos en llegar. Entiendo que no todo el mundo puede comprender este sentimiento, y que habrá quien me tache de exagerada, pero ¿desde cuándo nos ha importado eso? Y es que los vetones somos muy nuestros.

Me cuesta. Pero más aún decirte adiós. Me cuesta porque desde que lo he hecho no reconozco tu tierra. Parece que le faltaran letras a su nombre. Parece que le faltaras tú entera.

Me cuesta porque la risa de los niños en verano no ahoga los lamentos de una plaza que añora tus paseos, de unas calles que han allanado sus cuestas, esas de las que tanto te quejabas, para ver si de esta forma vuelves a pisarlas. Porque no soy capaz de explicar a las fuentes de tu pueblo que ahora nos toca echarte de menos, y que necesito que compartan conmigo tu ausencia porque yo sola no puedo con ella. Ellas te siguen llorando.

Me cuesta porque este calor me sigue recordando a ti, y a ese café tan tuyo que hasta en pleno verano tenía que arder. ¿Sabes? Nunca comprendí cómo podías soportar el calor de esa forma. Lo adorabas. Cuando aún bajabas a la piscina te pasabas las horas al sol disfrutando de él, y cuando dejaste de bajar hacías todo lo posible por absorber hasta el último rayo desde la ventana, o desde la puerta de casa. De aquella casa que ahora ha bajado sus persianas para vestirse de luto en tu honor, y hasta sus paredes gritan tu nombre porque han dejado de escuchar tu voz. Y es que es verdad eso de que ellas también tienen oídos.

Aquí los veranos siguen llevando tu sello, y es precisamente por eso por lo que jamás me cansaré de volver. Aquí, a ese lugar de Castilla de cuyo nombre no puedo ni quiero olvidarme…