Relatos desde mi toalla. A la playa

LUIS FRANCISCO MARÍN LÓPEZ
El Ateca FR, Ibiza y León Cupra estarán acompañados en el Stand de Barcelona por el SEAT 600 BMS, un coche que SEAT ha creado para conmemorar el 60º aniversario del mítico 600. Este modelo tiene como base el SEAT 600D con techo practicable. Al igual que la primera generación de su antecesor, el 600 BMS cuenta con puertas de apertura invertida (conocidas como "puertas de suicida") y conserva el techo practicable de lona. Con un atractivo aspecto vintage, exteriormente destaca su color gris claro “twist metálico” con adhesivos en tono naranja y un evolucionado logotipo “600” mucho más gráfico. El SEAT 600 BMS mantiene las llantas y frenos originales. Por dentro, cuenta con una tapicería exclusiva de piel con costuras en color naranja, así como detalles de piel en los laterales.Galería relacionada: El SEAT 600 cumple 60 años de historia.
El Ateca FR, Ibiza y León Cupra estarán acompañados en el Stand de Barcelona por el SEAT 600 BMS, un coche que SEAT ha creado para conmemorar el 60º aniversario del mítico 600. Este modelo tiene como base el SEAT 600D con techo practicable. Al igual que la primera generación de su antecesor, el 600 BMS cuenta con puertas de apertura invertida (conocidas como "puertas de suicida") y conserva el techo practicable de lona. Con un atractivo aspecto vintage, exteriormente destaca su color gris claro “twist metálico” con adhesivos en tono naranja y un evolucionado logotipo “600” mucho más gráfico. El SEAT 600 BMS mantiene las llantas y frenos originales. Por dentro, cuenta con una tapicería exclusiva de piel con costuras en color naranja, así como detalles de piel en los laterales.Galería relacionada: El SEAT 600 cumple 60 años de historia.
SEAT

-Cariño… ¿nos vamos el sábado a la playa?

-Vale, ¿comemos allí o nos vamos después de comer?

-Me da igual, aunque para la pequeña es mejor salir por la tarde, que hay menos sol.

-De acuerdo, pero para la cena estamos aquí que pillamos caravana.

Y ya está, así de simple, cogemos el coche, ventanas cerradas para que el aire acondicionado de serie no se escape, y en una hora a lo sumo estamos bañándonos en la playa, los que tenemos la suerte de vivir cerca de ella; pasamos la tarde y, después de haber hecho una merienda cena, cogemos de nuevo el coche y camino inverso hasta llegar a casa.

Hoy es relativamente fácil, que las autovías nos permiten recorrer kilómetros a velocidades rápidas y los coches tienen un sinfín de comodidades que nos hacen más liviano el viaje por un precio relativamente razonable. Pero, ¿y antes...?

Recuerdo con cierta nostalgia esas jornadas en las que salíamos, mis padres, mis hermanos y yo, hacia la costa para pasar quince días en la playa durante el verano, generalmente en septiembre, que había menos gente y se estaba más a gusto. Esos momentos previos de nerviosismo, casi histérico, de mi madre preparando maletas para cuatro hijos y que no faltase nada para no tener que hacer un gasto extra mientras estuviéramos allí, por algo que teníamos en casa.  Nosotros preparando con primor nuestros juguetes (que siempre queríamos llevar en su totalidad) cuya cuantía sesgaba mi madre de tal modo que, de cuatro bolsos con juguetes, quedaba uno sólo con juguetes para los cuatro, y se acababa la discusión.

Infinitas y tediosas subidas y bajadas desde el piso a la calle, donde el coche ya estaba preparado para el viaje, ya que mi padre se había encargado de hacerle la revisión, inflarle las ruedas y lavarlo (muy importante esto, sobre todo cuando esperaba el trayecto y aparcarlo quince días a pleno sol en la costa). El maletero era un “tetris” para que entrara todo y, en no pocas ocasiones, había que aumentar el espacio llenando la baca de maletas y atándolas con cuerdas (que nada tiene que ver con los sistemas que tenemos ahora de fijación) para que no salieran disparadas durante el trayecto. Peleas y gritos entre nosotros (nos llevamos 5 años entre los más pequeños y la mayor) por ver quién se sentaba dónde, y mi madre repartiendo pastillas para el mareo para que no fuésemos a vomitar, aunque siempre había uno (el que suscribe) que se veía obligado salir disparado en cualquier arcén, sin triángulos de emergencia ni chalecos reflectores.

Una vez que mis padres arreglaban el conflicto generado por la ubicación nos metíamos todos en el coche, a saber, un Renault 12-S amarillo sin aire acondicionado, sin elevalunas eléctricos, sin dirección asistida, en el que la guantera era un hueco en el salpicadero y el único adorno que resaltaba en él era la palabra Renault con letras mayúsculas, negras y en relieve. Mi madre atrás con los mellizos y conmigo, mi hermana mayor en el asiento del copiloto con el perro (sí, teníamos perro, y lo llevábamos, que entonces no se estilaban las guarderías de canes) y mi padre a los mandos del automóvil (hundida la carrocería en las ruedas traseras), listo para accionar la llave de contacto y partir hacia nuestro paraíso vacacional, al que llegábamos tras dos horas y pico de carretera nacional, con curvas, "¿cuánto queda?" bajo un sol de justicia y amenizados por las chicharras que, durante todo el camino, nos acompañaban en el viaje…

Lo mismo que ahora cuando decimos: “¿Cariño, nos vamos a la playa?”

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