Hay derrotas y derrotas. Habrá quien quiera ponderar el lado bueno de las cosas, pero las pretemporadas tienen dos objetivos claros: ponerse en forma y revitalizar la ilusión de tus aficionados, a través de resultados o de actuaciones convincentes.

En el Atlético se ha disparado tras una exhibición tan inesperada como meritoria, mientras que para el Real Madrid, un equipo que siempre vive en la exageración, es difícil discernir la profundidad de la herida. El gran problema para Zidane es que se intuya esta temporada como una extensión del final de la anterior.

Ni siquiera la llegada de Hazard, que es buenísimo, ha conseguido dibujar la sonrisa en el imaginario blanco, porque las marchas de Ceballos, sobre todo, y la más que segura de Bale no convencen, sin recambios de garantías. A Florentino siempre le dolieron más las derrotas contra el Atlético que contra el Barça y andará subiéndose por las paredes.

Al Madride se le aparecieron de golpe los fantasmas que hacen dudar de todo y de todos, pero sobre todo de su endeblez sin Casemiro, de la falta de actitud aparente de algunos jugadores como Kroos o Marcelo e incluso de oportunidad perdida nuevamente para Isco. Eso, sin hablar de lesiones, ya que Jovic protagonizó la cuarta de la pretemporada.

Enfrente, todo eran buenas noticias, Joao Félix ha demostrado que desborda clase y Diego Costa, que  es un depredador de área si le dejan, aunque luego eclipse su categoría en peleas.  Vitolo está dejando minutos de mucho valor y la máquina se engrasa sin perder un ápice de la competitividad que es sello de Simeone.

Dejar tocado al Real Madrid no es un título, ni nada parecido, pero va a marcar el verano madridista, donde se va a dudar de todo y de todos, empezando por Zidane.