Desde el principio de los tiempos la clave de la riqueza, y de la economía, ha sido la propiedad: tener. Cosas, ganado, tierras, casas, vestidos o comida; la cuestión es que para disfrutar de las cosas había que ser su dueño. La única manera de disfrutar de algo, de controlar su uso, era ser el propietario, por el procedimiento que fuese: donación real o divina, adquisición, herencia o conquista, el caso es que la base misma de lo que significa la economía era la posesión legal: la propiedad. La esencia de nuestro sistema económico y político es el reconocimiento y la defensa de este principio. Lo cual nos indica hasta qué punto socavarlo puede provocar una revolución a todos los niveles. Porque, ¿qué ocurre cuando ser propietario de las cosas es innecesario, superfluo, e incluso contraproducente? ¿Qué pasa si es mejor no tener posesiones?

Porque si nos paramos a pensarlo nosotros no queremos tener cosas, sino utilizarlas: es decir, adquirimos, poseemos y cuidamos las cosas para poder usarlas. Pero no necesitaríamos poseerlas si fuese posible utilizarlas sin ser sus propietarios: si el uso estuviese desacoplado de la propiedad. Es como alquilar una habitación de hotel en lugar de comprar una casa en la ciudad que visitamos o utilizar un coche alquilado: lo que necesitamos es el uso de la habitación, no ser sus dueños. Imaginemos una situación en la que este mismo principio se pudiese aplicar a otros objetos o necesidades, y tendremos un esquema de vida sin propiedad futura.

O quizá no tan futura, porque ya está ocurriendo. Airbnb o los sistemas de intercambio de casas nos permiten dormir sin hotel ni compra. Sistemas como Uber, Lyft o Car2Go hacen posible usar un coche cuando lo necesitamos, con o sin conductor, liberándonos de seguros, ITVs e impuestos de circulación. Los sistemas ciudadanos de alquiler de bicicletas nos permiten movernos por la ciudad sin necesidad de preocuparnos por poseer una bici o defenderla del robo. En algunos países Apple ofrece un servicio de suscripción para disponer siempre del último modelo de teléfono de su catálogo sin tener que preocuparnos de reemplazarlo cada vez y pagando siempre la misma cuota mensual. Y algunas marcas de coche, como Cadillac, ofrecen un servicio equivalente para coches de lujo.

Existen sistemas equivalentes para aviones privados, yates o hasta mansiones; los ricos y muy ricos hace mucho que se han dado cuenta de que en realidad tener un jet propio, un yate amarrado la mayor parte del año o una villa en la Riviera que sólo usas tres semanas al año no es rentable incluso aunque puedas pagarlo: es mucho más sensato disponer de ellos cuando0 los necesitas y pagar sólo por ese tiempo. La revolución es que Internet abarata los costes de gestión y de localización de este tipo de sistemas de propiedad compartida (o alquiler garantizado), poniéndolos a disposición de mucha más gente. Y haciendo posible aplicar el principio mucho más allá: a cosas que habitualmente pensamos como propiedades arquetípicas como joyas, ropa o muebles. Una economía de la suscripción.

No sólo este tipo de servicios ofrecen cada vez más alternativas, sino que al distribuir los costes entre muchos clientes ponen a su disposición aquello que muchos antes no se hubiesen podido permitir. Si la suscripción te asegura que aquello que deseas podrás utilizarlo o disfrutarlo cuando lo deseas, pero a un precio mucho más económico y con muchos menos problemas (sin mantenimiento, compra, venta, impuestos, protección antirrobo, etc), ¿por qué no? Mucha más gente cada día opta por renunciar a la compra y reemplazarla por la suscripción, reemplazando una sociedad de la posesión por otra de los servicios. Que formará una parte cada vez mayor de nuestro futuro.