Durante los últimos siglos y hasta el día de hoy el estado es importante. Quién eres, cómo te relacionas con tus vecinos, a dónde puedes viajar, cuáles son tus derechos y deberes y en general casi cualquier aspecto de la vida está determinado por el estado al que perteneces. El futuro de cada persona viene definido en buena parte por los límites, o la falta de ellos, que el estado en el que está inmerso le puede ofrecer. Hasta tal punto que casi lo peor que puede suceder en el mundo actual es ser apátrida; no tener ningún estado que te defina y defienda, en cuyo caso eres un náufrago. Por eso durante todo este tiempo tener un estado ha sido la aspiración de cualquier grupo o nación; porque la diferencia entre disponer o no de este tipo de estructura legal es vital para el desarrollo de un pueblo. El estado es importante, y de ahí el nacionalismo: la idea de que cada nación debe tener su propio estado, una ideología política que ha dominado en buena parte los dos últimos siglos de la política mundial y (como vemos estos días) sigue dando guerra, a veces literalmente.

Los estados constituidos tal y como los conocemos están de salidaPero en las últimas décadas toda una serie de tendencias tecnológicas, económicas y políticas han ido minando  las funciones y utilidades tradicionales del estado. La revolución de las comunicaciones, desde el automóvil al avión de pasajeros pasando por Internet o la televisión, ha hecho el mundo mucho más pequeño y mucho menos desconocido y desigual. La gran integración económica entre regiones dispersas del globo ha hecho (muy) rentable establecer empresas que no están atadas a estados, sino dispersas por todo el planeta. Un mismo producto se diseña y fabrica en múltiples sitios, cada uno añadiendo un componente, todo ello tejido en redes logísticas de alcance mundial. Como consecuencia de estas realidades del mercado, para facilitar el comercio y con el fin de recabar el suficiente poder para tener capacidad de decisión los estados se agrupan en uniones y bloques comerciales a los que ceden decisiones y poderes para que puedan hacer su trabajo. Al mismo tiempo las comunidades locales quieren disponer de mayor control sobre sus propios asuntos a pequeña escala. Esto quita competencias y poderes al estado tradicional, que se ve minado por arriba y por abajo y muchas veces ninguneado en términos económicos. Su poder declina.

Por supuesto que aún dispone de más que suficiente como para seguir siendo clave en las decisiones del presente y el futuro inmediato. Pero la tendencia es clara: los estados constituidos tal y como los conocemos en los últimos años están de salida. Conflictos como el actual en Cataluña, el brexit o las tendencias nacionalistas en países de Europa Oriental es probable que sean considerados el día de mañana como los últimos coletazos de un concepto en estado preagónico. Debilitados frente a los flujos de información y dinero hasta ser casi irrelevantes por sí solos frente a las multinacionales, cada vez más reducidos en sus decisiones a la pura fuerza militar que pronto necesitará también integrarse en agrupaciones pluriestatales para contar y con sus competencias locales minadas los estados tienden a ser cada vez más prescindibles, como demuestra con sus actitudes el segmento más alto de la población mundial, hoy apátridas (o multipátridas) a todos los efectos prácticos. Y no nos olvidemos que donde va la clase superior de la sociedad acaba por ir el resto.

Según quede cada vez más claro que la estructura 'estado' es menos importante y poderosa se irá reduciendo la necesidad de tener uno. El futuro tiende a las agrupaciones pluriestatales más o menos integradas estilo Unión Europea por arriba complementadas por megalópolis con gobiernos locales. Grandes alianzas y ciudades o regiones cuasiestatales que dejarán muy poco espacio para el estado que conocemos hoy. Es posible que algún día los historiadores se sorprendan ante el presente retorno del nacionalismo como ideología en una época de clara decadencia del estado.